CAMBIA TU VIDA
Crónicas tucumanas
lunes, 19 de agosto de 2019
martes, 6 de junio de 2017
Talleres perdió un partido increíble ante Deportivo Norte
En otro encuentro con un final cerrado y polémico, Talleres de Tafí Viejo cayó anoche por 78-77 ante Deportivo Norte de Armstrong y quedó obligado a ganar este miércoles si es que quiere llevar la serie al quinto juego. Por ahora, los santafesinos se mantienen 2-1 adelante en la semifinal del Torneo Federal, que definirá un ascenso al Torneo Nacional de Básquet (TNA).
Durante los tres primeros cuartos los equipos se mantuvieron en juego y alternaron en el marcador Iván Julián, con 21 puntos, y Gastón García, con 15, fueron los máximos anotadores del conjunto tucumano.
En las manos de García, los "Leones" tuvieron las mejores chances en el cierre del partido. Primero fue el base el que anotó dos puntos para dejar a los tucumanos (75-76). En la posesión siguiente falló dos libres, a falta de 14 segundos.https://twitter.com/_/status/871922851376492545
jueves, 17 de diciembre de 2015
Más que un karateca, un gladiador
El 2015 fue el mejor año para Miguel Amargós, este joven a karateca tocó el cielo con las manos y se abrazó a la primera medalla de oro para un tucumano en la disciplina en un juego panamericano. En lo más alto del continente lo esperaba Toronto, Canadá. Allí en 24 horas consiguió lo que solo ocurría en películas como Karate Kid o los inolvidables combates en los noventas de Héctor Echavarría en Brigada Cola. Ganó el título panamericano ante el salvadoreño Jorge Merino con su diestra quebrada. Su astucia y las ganas de llevarse el oro pudieron más, visiblemente emocionado esbozó: “Era un gladiador, no se me pasaba por la cabeza perder, no me permitía perder”. Su familia y amigos a lo lejos, lo esperaban como el gran campeón y un ídolo para su pequeño hijo Aquiles.
El Karate significa “el camino de la mano vacía” es un arte marcial tradicional de las Islas Ryūkyū pertenecientes a Japón, su difusión estuvo a cargo del su máximo exponente, Bruce Lee. Todos los niños soñaban con ser como él, simulaban ser su héroe, de allí fue que cada persona que arrojaba una patada era denominada karateca.
En Tucumán, en Villa Além, Miguel Ángel Amargós y María Liliana Di Maio tuvieron tres hijos, Milagros, Miguel Ángel y Rocío. Con una vida llena de sacrificios pudieron comprar su primera casa en calle Ayacucho. Don Miguel acondicionó su garaje para poner un taller de chapa y pintura, allí su esposa Liliana lo acompañó siempre como asistente y ama de casa. Así pudieron llevar adelante una familia que encontraría en sus hijos el camino de las artes marciales.
El pequeño hombrecito de la casa era Miguel, un niño con poco gusto para los deportes, pero animador de peleas con sus amiguitos. A los 6 años probó suerte en el fútbol, a la vuelta de su casa se encontraba el Club Tucumán Central, aunque solo duró 6 meses como futbolista. El hecho de que su técnico lo hiciera jugar con chicos de 15 años, le quitaron sus ganas definitivamente de acariciar una pelota.
Foto // Miguel Amargós siempre dispuesto a los grandes desafíos
Solo de golpes de puño y patas al aire pasaba sus días fuera y dentro de la escuela, los juguetes y muñecos le duraban un suspiro, todos los tiraba por el aire o simplemente los rompía como único juego, era un rebelde sin causa, solo conocía las piñas como forma para comunicarse, por ese motivo no tenía amigos y sus padres le prohibían salir por miedo a las peleas. Hasta que un día casi sin querer, presenció una clase de karate a la vuelta de su casa en la academia del profesor Julio Farías. Fue amor a primera vista, siendo tan pequeño logró entender que ese lugar sería ideal para poder descargar su incontrolable energía. Allí aprendió disciplina y a conocer una forma de vida que le permitiría conseguir sus primeros amigos como Gabriel Segampa, Gonzalo Robles y José Araoz.
El Dōjō es el término empleado en Japón para designar un espacio destinado a la práctica y enseñanza de la meditación y/o las artes marciales tradicionales modernas. También fue el lugar donde Miguel Amargós aprendió a comportarse, a ganarse el respeto de los demás y a convivir con el mundo que lo redeaba. Siendo un adolescente de tan solo 17 años tuvo a su hijo Aquiles, con una joven peruana, pudieron convivir solo 7 meses en la casa de los Amargós. Los egos y las peleas terminaron con la relación y comenzaron la batalla por el pequeño, los celos y los pases de factura debilitaron definitivamente la relación. Ese momento fue un punto de inflexión para el joven karateca, alejado de su primogénito por bastante tiempo, decidió que no descansaría hasta poder recuperar a su hijo.
Miguel y sus hermanas Milagros y Rocío fueron a la escuela Avellaneda en su infancia. El Instituto Privado Tucumán fue su lugar en la secundaria. Como alumno fue siempre aplicado, aunque un poco “vago”, según las palabras del protagonista. Pocas materias le despertaban admiración, sobre todo historia, “me aburría mucho, no me gustaba para nada, aunque eso cambió un día. En el último año me llevé a rendir justamente historia, pero un profesor particular cambió mi visión de la historia, la forma en que lo explicó me llevó a inscribirme al año siguiente en la carrera”.
De vez en cuando los prejuicios son el pecado original que comenten los periodistas, y este caso no fue la excepción, ver a un profesional preocuparse por su familia, sus amigos y por sobre todas las cosas, superarse y formarse profesionalmente en Historia y Educación Física, llevaron al escritor a replantearse aspectos inesperados.
La infancia es la etapa más linda de la vida y sobre todo lo fue para Miguel cada vez que llegaba de la escuela por las tardes: “Luego de las 6 de la tarde llegaba a mi casa y me pegaba al televisor a ver Dragon Ball Z, lo pasaban por el extinto canal Magic Kids, ver esos dibujitos me impulsaron a practicar karate”.
Foto // Uno de los hobbies de Miguel, criar perros de la raza American Bully
Ganador del Olimpia de plata en 2010 y nominado nuevamente en la terna este año, Amargós no detuvo ni un instante su cosecha de galardones. Fue elegido como el deportista del año por una mesa de notables en los premios que entrega La Gaceta año a año.
En un deporte individualista como el karate siempre son importantes los amigos, es por eso que Julián Pinzás, Franco Recouso y sus entrenadores Iván Troitiño y Luis “Biyu” Andrada son piezas fundamentales en la carrera de Amargós. Además Aquiles de 6 años es su cable a tierra, luego de un tiempo de idas y vueltas comparte una gran relación de amistad con su primera pareja. Con su familia siempre presente en sus pensamientos agradece que sean los pilares que hoy lo sostienen como persona de bien.
Con tan solo 25 años, Miguel Ángel Amargós es un ejemplo de tenacidad y perseverancia, a fuerza de voluntad y disciplina logró poner en lo más alto de América a una provincia que en muchas ocasiones, mira para otro lado sin apreciar lo mejor de sus mejores exponentes.
El Karate significa “el camino de la mano vacía” es un arte marcial tradicional de las Islas Ryūkyū pertenecientes a Japón, su difusión estuvo a cargo del su máximo exponente, Bruce Lee. Todos los niños soñaban con ser como él, simulaban ser su héroe, de allí fue que cada persona que arrojaba una patada era denominada karateca.
En Tucumán, en Villa Além, Miguel Ángel Amargós y María Liliana Di Maio tuvieron tres hijos, Milagros, Miguel Ángel y Rocío. Con una vida llena de sacrificios pudieron comprar su primera casa en calle Ayacucho. Don Miguel acondicionó su garaje para poner un taller de chapa y pintura, allí su esposa Liliana lo acompañó siempre como asistente y ama de casa. Así pudieron llevar adelante una familia que encontraría en sus hijos el camino de las artes marciales.
El pequeño hombrecito de la casa era Miguel, un niño con poco gusto para los deportes, pero animador de peleas con sus amiguitos. A los 6 años probó suerte en el fútbol, a la vuelta de su casa se encontraba el Club Tucumán Central, aunque solo duró 6 meses como futbolista. El hecho de que su técnico lo hiciera jugar con chicos de 15 años, le quitaron sus ganas definitivamente de acariciar una pelota.
Foto // Miguel Amargós siempre dispuesto a los grandes desafíos
Solo de golpes de puño y patas al aire pasaba sus días fuera y dentro de la escuela, los juguetes y muñecos le duraban un suspiro, todos los tiraba por el aire o simplemente los rompía como único juego, era un rebelde sin causa, solo conocía las piñas como forma para comunicarse, por ese motivo no tenía amigos y sus padres le prohibían salir por miedo a las peleas. Hasta que un día casi sin querer, presenció una clase de karate a la vuelta de su casa en la academia del profesor Julio Farías. Fue amor a primera vista, siendo tan pequeño logró entender que ese lugar sería ideal para poder descargar su incontrolable energía. Allí aprendió disciplina y a conocer una forma de vida que le permitiría conseguir sus primeros amigos como Gabriel Segampa, Gonzalo Robles y José Araoz.
El Dōjō es el término empleado en Japón para designar un espacio destinado a la práctica y enseñanza de la meditación y/o las artes marciales tradicionales modernas. También fue el lugar donde Miguel Amargós aprendió a comportarse, a ganarse el respeto de los demás y a convivir con el mundo que lo redeaba. Siendo un adolescente de tan solo 17 años tuvo a su hijo Aquiles, con una joven peruana, pudieron convivir solo 7 meses en la casa de los Amargós. Los egos y las peleas terminaron con la relación y comenzaron la batalla por el pequeño, los celos y los pases de factura debilitaron definitivamente la relación. Ese momento fue un punto de inflexión para el joven karateca, alejado de su primogénito por bastante tiempo, decidió que no descansaría hasta poder recuperar a su hijo.
Miguel y sus hermanas Milagros y Rocío fueron a la escuela Avellaneda en su infancia. El Instituto Privado Tucumán fue su lugar en la secundaria. Como alumno fue siempre aplicado, aunque un poco “vago”, según las palabras del protagonista. Pocas materias le despertaban admiración, sobre todo historia, “me aburría mucho, no me gustaba para nada, aunque eso cambió un día. En el último año me llevé a rendir justamente historia, pero un profesor particular cambió mi visión de la historia, la forma en que lo explicó me llevó a inscribirme al año siguiente en la carrera”.
De vez en cuando los prejuicios son el pecado original que comenten los periodistas, y este caso no fue la excepción, ver a un profesional preocuparse por su familia, sus amigos y por sobre todas las cosas, superarse y formarse profesionalmente en Historia y Educación Física, llevaron al escritor a replantearse aspectos inesperados.
La infancia es la etapa más linda de la vida y sobre todo lo fue para Miguel cada vez que llegaba de la escuela por las tardes: “Luego de las 6 de la tarde llegaba a mi casa y me pegaba al televisor a ver Dragon Ball Z, lo pasaban por el extinto canal Magic Kids, ver esos dibujitos me impulsaron a practicar karate”.
Foto // Uno de los hobbies de Miguel, criar perros de la raza American Bully
Ganador del Olimpia de plata en 2010 y nominado nuevamente en la terna este año, Amargós no detuvo ni un instante su cosecha de galardones. Fue elegido como el deportista del año por una mesa de notables en los premios que entrega La Gaceta año a año.
En un deporte individualista como el karate siempre son importantes los amigos, es por eso que Julián Pinzás, Franco Recouso y sus entrenadores Iván Troitiño y Luis “Biyu” Andrada son piezas fundamentales en la carrera de Amargós. Además Aquiles de 6 años es su cable a tierra, luego de un tiempo de idas y vueltas comparte una gran relación de amistad con su primera pareja. Con su familia siempre presente en sus pensamientos agradece que sean los pilares que hoy lo sostienen como persona de bien.
Con tan solo 25 años, Miguel Ángel Amargós es un ejemplo de tenacidad y perseverancia, a fuerza de voluntad y disciplina logró poner en lo más alto de América a una provincia que en muchas ocasiones, mira para otro lado sin apreciar lo mejor de sus mejores exponentes.
Osvaldo Fonio
Llegar
a la meta o morir en el intento
Son raros.
Se inventan una meta en cada carrera.
Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren.
Una
segunda oportunidad
El 10 de agosto del 2013, Ova se despertó en una sala de
hospital. Una gran cantidad de cables presentaban una encrucijada sobre su
pecho. El ruido de una maquinaria confusa y la desesperación de no saber en
dónde se encontraba. Abrió los ojos despacio, inmerso aún en el sueño que lo
había puesto en una pausa entre la vida y la muerte.
Se sentía liviano ¿Había perdido peso? Sí y mucho. El
techo del Hospital Padilla y la inmensidad de una sala blanca lo confundían aún
más.
Sobrevivió a una semana en coma farmacológico y por
unos instantes no recordaba absolutamente nada. Confusión, pérdida y
revolución. Su cerebro era un sinfín de emociones hasta que se lo explicaron
.
“Tal vez no pueda caminar más”, dijeron por ahí.
Pero para aquel joven de 27 años cualquier designio
negativo era imposible. Su primer pensamiento fue Pilar, saber dónde estaba y
qué fuerzas le daría para continuar. Lo habían sometido a una nueva operación.
Tenía todo el sistema nervioso afectado y una placa en el cerebro que podría
impedirle muchas cosas.
Justo que estaba bien, justo que se había salvado, justo
que todo marchaba en orden, justo… La vida lo despertaba de una cachetada una
vez más porque en aquel sueño algo se había movido en su interior y no era el
mismo. No iba a darse por vencido y frente a todos los diagnósticos se levantó
y caminó, como si jamás hubiera estado dormido.
La energía de ese nuevo comienzo sorprendía a muchos y
frente a los vituperios de sus amigos y familia, se propuso darse una segunda
oportunidad.
---
Los ojos le volvían hacia una semana atrás, 3 de agosto,
comenzando de nuevo. Los nueve meses que habían quedado en el pasado produjeron
una sacudida de cada uno de sus sentidos. El pelo corto ponía el sello de la
cruda enfermedad que había vencido y en su cabeza se movían miles de
pensamientos.
No tenía trabajo y su relación de pareja había acabado hacía muy
poco tiempo. Los recuerdos de una casa de la que quería alejarse lo llevaron
hasta San Andrés, en donde vivía José
María o Kerusa para los amigos
como él. Se conocían desde los siete años, su mejor compañero y el confidente
de diversas aventuras.
Ayudaba a este amigo a hacer trabajos. Era un día de
invierno y el papá de Kerusa tuvo la idea de hacer pescado a la parrilla. Lo
invitaron. Aceptó.
Se trataba de una tarde entre amigos en la que nada podía
salir mal, o eso esperaban. Ova tenía vedado el alcohol, pero habían preparado
un cóctel de vino nada ofensivo ¿Qué podría pasarle? Él ya estaba curado, los
efectos del alcohol no generarían nada. Una sola copa, no había problema.
Entonces tomó.
Lo que sucedió a continuación es confuso. ¿Se mareó? ¿Qué
pasó? Quería irse, sí. El cuatriciclo en el que había llegado estaba
estacionado. Lo tomó, o eso le contaron. Se escapó, su mente se vuelve una
nebulosa en aquel momento. La cadena salta y ¿Qué acaeció? Los recuerdos se
borran de un porrazo, son casi como invisibles. Se dio vuelta el cuatriciclo ¿Se
golpeó la cabeza? De repente todo se vuelve color negro.
Vuelve a la sala de Hospital, a despertarse en la
encrucijada de cables y a mirar el techo blanco. Lo logró una vez más.
---
Ova Fonio narra la historia al costado de la meta.
Mientras ve llegar a quienes vinieron después de él. A la mamá con el cochecito
y al principiante que se ha inscripto por primera vez a una maratón.
Él llegó entre los atletas de la primera tanda, los que
compiten cada fin de semana y no se pierden ninguna carrera. Ya serpenteó
caminos de tierra y trepó cuestas empedradas. Los mira simplemente y espera el
podio.
Venció cualquier dictamen. No sólo caminó, sino que
decidió correr; y cuando corre, vuela y nada lo detiene. Al costado de la meta
puede contar lo que vivió, mientras los ojos verdes miran fijos la línea de
llegada
“Estuve entre la vida y la muerte, a pasitos de dejarme morir”, expresa y se prepara para subir al podio.
***
Ella,
quien le cambió la vida
Es una tarde de primavera y
lo he visto muchas veces. A la carrera le queda más de una hora para comenzar y
él llega al escenario del Open Plaza. La trae tomada de la mano con ojos de
enamorado. Ella camina con una sonrisa feliz y revolotea a su alrededor. Tiene
la mirada tierna, la alegría que le entrega una chispa especial y aun así, una
paz que a él lo vuelve loco.
Viste de rosa y lleva una
trenza en el cabello negro que le cae por la espalda. Tiene los ojos oscuros de
gitanilla y una boca sonrosada. Pilar es el primer pensamiento de Ova al
despertar, al dormirse o al llegar a la meta y esa tarde solo quiere ganar
frente a la mirada atenta del amor de su vida.
---
Ova tenía 22 años, próximo a
cumplir los 23. Era un joven alborotado y rebelde. Estaba de novio hacía muchos
años, aunque su vida se basaba en salir y escaparse de la realidad que lo
abrumaba.
Su día a día era una galaxia
incomprensible, perdido en la irrealidad. Salir y volver a cualquier hora, sin
límites y una mujer con quien aguantaba todo.
Fue por eso que la noticia
lo golpeó como un balde de agua fría. Iba a ser papá. ¿Qué haría a partir de
entonces? Él mismo no lo sabía. Se abría un mundo desconocido que trazaría un
nuevo límite en su vida. La vida le había arrebatado hacía poco tiempo a una
mujer importante en su vida y ahora le ponía a otra en el camino.
Nació el 18 de noviembre del
año 2009 y le pusieron por nombre Pilar, sin saber que a partir de entonces se
convertiría justo en eso: el sostén más fuerte de su vida como el mismo nombre
lo indicaba. Era casi como un juguete nuevo y él era tan joven que no sabía qué
hacer. Pero allí estuvo para recibirla y darle la bienvenida a este mundo en
donde debería protegerla y acompañarla. Conoció el amor ese día, como él mismo
recuerda.
---
Todos los días la lleva al
jardín, la llama y se ocupa de almorzar con ella los fines de semana. Ese
sábado de septiembre, la pequeña, que tiene 5 años, le ha pedido acompañarlo y él jamás podría negarse. Es el trajín que más lo hace feliz.
Los atletas corrieron 10
kilómetros y Ova es el tercero en aparecer. Pilar lo ve cruzar la meta y corre
inmediatamente a abrazarlo. A él le flaquean las piernas y respira agitado pero
la alza en sus brazos y le agradece el cariño.
“Es el amor más puro que
existe, el único que no puede morir jamás”, confiesa después de recuperarse, mientras la mira como el tesoro más valioso del universo.
***
¿De
qué realmente estás hecho?
Las voces se apoltronan en
aquel café famoso de la capital, ubicado en la calle 25 de mayo. Ya han pasado
30 minutos de la hora pautada, cuando se asoma su figura tras la escalera. Lo
he visto muchísimas veces en el año, pero ese día trae algo especial en la
mirada. Está listo para contar su historia. La sonrisa se despliega en su
rostro. Saluda. El perfume inunda el ambiente a más de un metro de distancia.
Su aspecto es relajado igual que todas las veces y feliz, siempre feliz.
Osvaldo Fonio Transmite la
energía desde el primer momento. Me habla como si fuera un amigo de toda la
vida y se dispone a mostrarme entusiasmado su nuevo par de zapatillas para
correr.
“Me falta conseguir los
clavos nada más”, comenta.
Ha tenido una mañana
agitada, agitadamente estupenda, como aclara. Trabajó desde temprano para
Arcor, me explica en qué consiste aquello con mucho ímpetu y encantado de lo
que hace, aunque se vuelva loco. Se disculpa por la demora, en el trayecto se
ha encontrado con dos amigos y no pudo evitar quedarse a conversar. Está hecho
un mundo de palabras, no quiere parar en todo el día y quedó en confirmar con
un par de amigos hacer un fondo aquella misma tarde. A pesar de todo está feliz
con la pausa que el café le ofrece, y me advierte que tiene mil historias por
contar y repite muchas veces: “¿Sabés todo lo que falta?”.
Los ojos verdes destellan la
luz de la lámpara que los ilumina desde arriba, y, aunque miran fijos, realizan
un flashback en el tiempo.
---
El pequeño Ova jugaba a la
pelota en el jardín de casa. Tenía once años y una vida repleta de amor de mamá
y papá, aquel Agosto del 98 en que su vida cambiaría para siempre. Era el mayor
de tres hermanos, poseía un gustito especial por el fútbol y en aquel jardín de
la casa ubicada en el barrio Sarmientos se forjaban las ilusiones de gloria.
Secundado por sus hermanos Leo, de nueve, e Ivan, de siete, corrían como
cualquier pibe detrás de una pelota caprichosa que no tenía mejor idea que
perderse en territorios ajenos.
El terreno vecino, implicaba
que aquella redonda que se iba, no volviera. El sujeto del frente, era una bestia feroz,
sin piedad ni corazón y repleto de un odio y una furia interna que lo hacía
inmune a la ternura de los niños. Era petizo y con bigotes, la imagen asemejada
a Hitler, el genocida alemán. Les rompía en pedazos el objeto del juego, tratando así de hacer
añicos una parte de su corazón. Esto sucedía una y otra vez, hasta aquel día en
que el consentidor padre se cansó. Cruzó la calle, sin saber que aquellos pasos
marcaban un límite del que no tendría retorno, y se decidió a enfrentar al
cruel vecino. Ova y sus secuaces de travesuras infantiles observaban todo, los
gritos del padre y el vecino aún más furioso. Quién sabe de qué o poseído por
qué acumulaba aquella bronca en un cuerpo anciano, pero el odio no es cosa que
se pueda comprender.
Pasaron algunos días del
episodio, un sábado 8 de Agosto del año 1998, la familia y el pequeño Ova se
dirigían a hacer compras. Al llegar a casa, la mamá le encargó al niño de once
años, el pan del mediodía. Una tarde cualquiera, una familia cualquiera, una
rutina cualquiera.
Ova volvía con el pan a casa
y lo distribuía en la mesa, cuando todos sintieron una explosión. Seguro no era
nada, a papá se le había explotado una batería semanas antes arreglando el
auto, podría ser lo mismo; para eso estaba preparado, lo que no sabía era lo
que vería a continuación…
Salieron confiados a
ayudarlo, pero papá yacía en el suelo entre un charco de sangre y una bala en
la ingle. Mamá desesperaba entre gritos de terror y buscaba en miradas al cruel
culpable del hecho. La bestia feroz se encontraba escondida tras los ligustros
de su jardín, aquellos mismos en los cuales la pelota se perdía una y otra vez.
El tipo sostenía una escopeta en sus manos, un arma casi tan fría e inanimada
como su corazón.
El escenario se congelaba,
los vecinos acudían al socorro. Y la madre cruzaba la calle para enfrentar a la
bestia del arma. El hombre frío, ciego de furia, lleno de un odio generado
quién sabe de dónde, remontaba la lucha ahora queriendo cobrarse por víctima a
la madre. Pero la multitud de gente en la calle que llegaba a ayudar le
impedían el cometido. La desesperación, la angustia e impotencia solo podían
ser las emociones protagonistas.
Gritos y más gritos oyó el
niño en aquella calle entumecida. La sirena de la ambulancia era la única
salvación y el trayecto hacia el Centro de Salud se volvía eterno. Pero tras
ocho horas de agonía, el padre se despide del mundo físico.
---
En la cafetería Ova dobla la
servilleta que sostiene en sus dedos en mil pedazos, se pasa una mano por la
cabeza recordando el tormentoso momento, que marcaría el comienzo de una serie
de peripecias penosas. El café llega a la mesa y él me mira fijamente a los
ojos mientras recuerda lo que se preguntaba aquel día: “¿De qué realmente estás
hecho?”.
***
La
despedida
Vivir sin el padre fue el
golpe más duro de Ova, siendo aún un niño. Con papá todo era más fácil, los
regalos, la casa y cada cosa que poseían. Mamá tenía casi 40 años y había dejado
de trabajar. Después de aquel hecho fatídico, tuvo que retomar. Era maestra y
una excelente persona.
Susana Pacheco Aguirre
comenzó un camino que la llevaría hacia la recta final. Consiguió un puesto en
una escuela, Ova recuerda la mirada triste y las energías consumidas de su
madre. Él se lo perdonó todo, se sentía sola y necesitaba contar con el apoyo
de alguien; tenía tres niños que estaban entrando en la adolescencia y ella
tenía que hacer frente a una casa y todo lo que implicaba mantenerla.
Conoció a un profesor de
educación física y se enamoró, ¿O se perdió? Al menos Ova lo recuerda así.
Aquel hombre llegó a destruir la poca paz que habían logrado. Se metió en su
casa y convirtió en un tormento sus horas de juventud.
Aquel recuerdo quedó en la
retina de sus ojos para siempre. Los golpes y el maltrato de parte de un hombre
ajeno a su vida, que jamás debería haber entrado. El sentido de sus ojos verdes
cambia al recordar las veces en que vio a Susana golpeada, aunque ella jamás le
confesó que hubiera sido por él.
“Eso la enfermó a mi vieja”,
explica Ova mientras la servilleta que sostiene termina por hacerse añicos en
sus manos. Limpia la mesa con los pedazos del papel roto y con su mano
izquierda contornea la cicatriz de su cabeza.
Tiempo después se separó,
pero el corazón roto que había dejado la muerte de su marido y el vacío que no
había podido llenar un nuevo hombre, terminaron por marcar el designio de un
duro final.
Mamá enfermó gravemente.
Cáncer, la enfermedad que perseguiría a Ova como un fantasma. Luchó acompañada
por tres hijos que debían madurar de golpe. Hasta que finalmente se despidió,
dejando al mayor de sus muchachos con una confusión que debió solucionar con
golpes pero con un legado de amor que Ova jamás olvidará.
***
La
furia, una lucha contra sí mismo
En el café la luz del día
que entraba por las ventanas ha sido reemplazada por el resplandor de una luna
llena de domingo que se prepara para el eclipse. Ova Fonio la mira atento y
busca sacarle fotos para subir a las redes sociales. Comenta la base de su
vida: conseguir la energía del equilibrio entre la mente y el corazón.
Habla de la forma en que
despertó una vez, cómo la vida le cambió y le enseñó que lo importante es no
quedarse en la amargura. Relata un capítulo de los Simpsons: Homero está
furioso, se pone rojo de la ira y comienzan a salirle ganglios por todo el
cuerpo, se hincha. Eso le sucedió a él.
---
Tenía 26 años y era un gran
amante del fútbol. Enérgico desde siempre no podía mantenerse alejado del
deporte. De repente las fuerzas le flaqueaban y le impedían entrenar. No tenía
ganas de ir al gimnasio y el rendimiento bajaba. Necesitaba ocupar muchas horas
de sueño porque el cansancio era extremo, esto sumado a una sudoración excesiva
y a una inexplicable pérdida de peso.
Pilar tenía tres años y la
situación con la mamá no era la más agradable. Descubrió que un par de ganglios
se habían hinchado en su cuello. Acudió al médico y lo sometieron a una leve
operación.
Una biopsia dictaminó el
crudo resultado. Era un linfoma de Hodking, un tumor que le diagnosticaba
cáncer, y ahí venían otra vez los fantasmas. ¿Acaso alguien lo había embrujado?
Era una de las preguntas que recorrían la mente del joven papá. Tantas
desventuras no podían venir hacia una sola persona.
“Yo tenía ira acumulada, eso
sucedía”, recuerda el gladiador de la vida.
Siguió entonces la carrera
más larga, un camino en el cual la meta significaba la vida, y quedarse sentado,
la muerte. Debía despertar, había algo en su interior que no andaba bien y aquello
se manifestaba en una enfermedad. Tenía una hija pequeña por la que debía
luchar.
Siguieron nueve sesiones de
quimioterapia, la extirpación de un tumor restante en el mediastino y
finalmente las últimas sesiones de radioterapia que se realizó en Tucumán, en
el Hospital Centro de Salud.
Sostiene que si alguien
quiere dejarse morir, lo hace. Él estuvo a pocos pasos de hacerlo, pero lo
sostuvo Pilar. La lucha fue consigo mismo. Algunas veces llegó al límite; tocó
fondo, como dice; aunque eso solo logró ponerlo en el camino en que se
encuentra ahora: Despierto, libre y vivo.
“cuando estás enfermo de
algo, necesitás de la contención de alguien, yo estaba solo”, exclama con los
ojos verdes muy abiertos y mirando fijos.
“Realmente creo que me salvó
mi hija”, agregaa con su mirada de padre, transmitiendo la paz y tranquilidad
que habita en su interior.
***
El
loco que corre
Lo he visto muchas veces.
Está loco. No duerme por correr y cuando lo hace sueña que está corriendo.
Llueva o truene, con 40 grados o menos de dos, él se levanta y corre y cuando
se cansa sigue corriendo.
Es metrosexual, tiene 45
camisas y posee una manía por comerse las uñas hasta lastimarse, no sabe si es
por nervios o puro placer de soportar el dolor. Tiene una pequeña obsesión por
la limpieza personal y el aseo de su casa.
Se queja todos los días que
las 24 horas le parecen demasiado cortas y que si la gente fuera más pícara…
Bueno, conseguiría más cosas. Está loco, no exagero. Corre como si se le fuera
la vida en eso, se deshidrata, transpira y se cansa, solo para disfrutar del
descanso que le ofrece la merienda con amigos después de una carrera.
En la mirada tiene la chispa
de que todo lo que hace, lo hace con amor. Cree en el aura de las personas,
pero disfruta mucho de estar en soledad. Está tratando de ganarle a alguien,
ese alguien es él mismo. Prepara la ropa minuciosamente y la coloca en la silla un día antes de una maratón, y se despierta en la mañana con la ansiedad de un
niño en vísperas de navidad.
Lo he visto muchas veces y
hoy lo vi antes de la largada, cuando pide por favor que le tomemos una foto.
Lo veré llegar a la meta exhausto y levantar los brazos porque lo ha logrado
otra vez. Parece que corre para ganarle a la muerte, yo creo que lo hace por
ser campeón de la vida.
Así es, lo conozco bien. Se
llama Osvaldo Fonio y está enamorado de su hija.
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