jueves, 17 de diciembre de 2015

Osvaldo Fonio

Llegar a la meta o morir en el intento
Son raros.
Se inventan una meta en cada carrera.
Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren.




Una segunda oportunidad


El 10 de agosto del 2013, Ova se despertó en una sala de hospital. Una gran cantidad de cables presentaban una encrucijada sobre su pecho. El ruido de una maquinaria confusa y la desesperación de no saber en dónde se encontraba. Abrió los ojos despacio, inmerso aún en el sueño que lo había puesto en una pausa entre la vida y la muerte.

Se sentía liviano ¿Había perdido peso? Sí y mucho. El techo del Hospital Padilla y la inmensidad de una sala blanca lo confundían aún más.

Sobrevivió a una semana en coma farmacológico y por unos instantes no recordaba absolutamente nada. Confusión, pérdida y revolución. Su cerebro era un sinfín de emociones hasta que se lo explicaron
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“Tal vez no pueda caminar más”, dijeron por ahí.

Pero para aquel joven de 27 años cualquier designio negativo era imposible. Su primer pensamiento fue Pilar, saber dónde estaba y qué fuerzas le daría para continuar. Lo habían sometido a una nueva operación. Tenía todo el sistema nervioso afectado y una placa en el cerebro que podría impedirle muchas cosas.

Justo que estaba bien, justo que se había salvado, justo que todo marchaba en orden, justo… La vida lo despertaba de una cachetada una vez más porque en aquel sueño algo se había movido en su interior y no era el mismo. No iba a darse por vencido y frente a todos los diagnósticos se levantó y caminó, como si jamás hubiera estado dormido.
La energía de ese nuevo comienzo sorprendía a muchos y frente a los vituperios de sus amigos y familia, se propuso darse una segunda oportunidad.


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Los ojos le volvían hacia una semana atrás, 3 de agosto, comenzando de nuevo. Los nueve meses que habían quedado en el pasado produjeron una sacudida de cada uno de sus sentidos. El pelo corto ponía el sello de la cruda enfermedad que había vencido y en su cabeza se movían miles de pensamientos.

No tenía trabajo y su relación de pareja había acabado hacía muy poco tiempo. Los recuerdos de una casa de la que quería alejarse lo llevaron hasta San Andrés, en donde vivía José María o Kerusa para los amigos como él. Se conocían desde los siete años, su mejor compañero y el confidente de diversas aventuras.

Ayudaba a este amigo a hacer trabajos. Era un día de invierno y el papá de Kerusa tuvo la idea de hacer pescado a la parrilla. Lo invitaron. Aceptó.

Se trataba de una tarde entre amigos en la que nada podía salir mal, o eso esperaban. Ova tenía vedado el alcohol, pero habían preparado un cóctel de vino nada ofensivo ¿Qué podría pasarle? Él ya estaba curado, los efectos del alcohol no generarían nada. Una sola copa, no había problema. Entonces tomó.

Lo que sucedió a continuación es confuso. ¿Se mareó? ¿Qué pasó? Quería irse, sí. El cuatriciclo en el que había llegado estaba estacionado. Lo tomó, o eso le contaron. Se escapó, su mente se vuelve una nebulosa en aquel momento. La cadena salta y ¿Qué acaeció? Los recuerdos se borran de un porrazo, son casi como invisibles. Se dio vuelta el cuatriciclo ¿Se golpeó la cabeza? De repente todo se vuelve color negro.

Vuelve a la sala de Hospital, a despertarse en la encrucijada de cables y a mirar el techo blanco. Lo logró una vez más.
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Ova Fonio narra la historia al costado de la meta. Mientras ve llegar a quienes vinieron después de él. A la mamá con el cochecito y al principiante que se ha inscripto por primera vez a una maratón.

Él llegó entre los atletas de la primera tanda, los que compiten cada fin de semana y no se pierden ninguna carrera. Ya serpenteó caminos de tierra y trepó cuestas empedradas. Los mira simplemente y espera el podio.

Venció cualquier dictamen. No sólo caminó, sino que decidió correr; y cuando corre, vuela y nada lo detiene. Al costado de la meta puede contar lo que vivió, mientras los ojos verdes miran fijos la línea de llegada

“Estuve entre la vida y la muerte, a pasitos de dejarme morir”, expresa y se prepara para subir al podio.

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Ella, quien le cambió la vida

Es una tarde de primavera y lo he visto muchas veces. A la carrera le queda más de una hora para comenzar y él llega al escenario del Open Plaza. La trae tomada de la mano con ojos de enamorado. Ella camina con una sonrisa feliz y revolotea a su alrededor. Tiene la mirada tierna, la alegría que le entrega una chispa especial y aun así, una paz que a él lo vuelve loco.

Viste de rosa y lleva una trenza en el cabello negro que le cae por la espalda. Tiene los ojos oscuros de gitanilla y una boca sonrosada. Pilar es el primer pensamiento de Ova al despertar, al dormirse o al llegar a la meta y esa tarde solo quiere ganar frente a la mirada atenta del amor de su vida.


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Ova tenía 22 años, próximo a cumplir los 23. Era un joven alborotado y rebelde. Estaba de novio hacía muchos años, aunque su vida se basaba en salir y escaparse de la realidad que lo abrumaba.

Su día a día era una galaxia incomprensible, perdido en la irrealidad. Salir y volver a cualquier hora, sin límites y una mujer con quien aguantaba todo.

Fue por eso que la noticia lo golpeó como un balde de agua fría. Iba a ser papá. ¿Qué haría a partir de entonces? Él mismo no lo sabía. Se abría un mundo desconocido que trazaría un nuevo límite en su vida. La vida le había arrebatado hacía poco tiempo a una mujer importante en su vida y ahora le ponía a otra en el camino.

Nació el 18 de noviembre del año 2009 y le pusieron por nombre Pilar, sin saber que a partir de entonces se convertiría justo en eso: el sostén más fuerte de su vida como el mismo nombre lo indicaba. Era casi como un juguete nuevo y él era tan joven que no sabía qué hacer. Pero allí estuvo para recibirla y darle la bienvenida a este mundo en donde debería protegerla y acompañarla. Conoció el amor ese día, como él mismo recuerda.



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Todos los días la lleva al jardín, la llama y se ocupa de almorzar con ella los fines de semana. Ese sábado de septiembre, la pequeña, que tiene 5 años, le ha pedido acompañarlo y él jamás podría negarse. Es el trajín que más lo hace feliz.

Los atletas corrieron 10 kilómetros y Ova es el tercero en aparecer. Pilar lo ve cruzar la meta y corre inmediatamente a abrazarlo. A él le flaquean las piernas y respira agitado pero la alza en sus brazos y le agradece el cariño.

“Es el amor más puro que existe, el único que no puede morir jamás”, confiesa después de recuperarse, mientras la mira como el tesoro más valioso del universo.

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¿De qué realmente estás hecho?

Las voces se apoltronan en aquel café famoso de la capital, ubicado en la calle 25 de mayo. Ya han pasado 30 minutos de la hora pautada, cuando se asoma su figura tras la escalera. Lo he visto muchísimas veces en el año, pero ese día trae algo especial en la mirada. Está listo para contar su historia. La sonrisa se despliega en su rostro. Saluda. El perfume inunda el ambiente a más de un metro de distancia. Su aspecto es relajado igual que todas las veces y feliz, siempre feliz.

Osvaldo Fonio Transmite la energía desde el primer momento. Me habla como si fuera un amigo de toda la vida y se dispone a mostrarme entusiasmado su nuevo par de zapatillas para correr.

“Me falta conseguir los clavos nada más”, comenta.

Ha tenido una mañana agitada, agitadamente estupenda, como aclara. Trabajó desde temprano para Arcor, me explica en qué consiste aquello con mucho ímpetu y encantado de lo que hace, aunque se vuelva loco. Se disculpa por la demora, en el trayecto se ha encontrado con dos amigos y no pudo evitar quedarse a conversar. Está hecho un mundo de palabras, no quiere parar en todo el día y quedó en confirmar con un par de amigos hacer un fondo aquella misma tarde. A pesar de todo está feliz con la pausa que el café le ofrece, y me advierte que tiene mil historias por contar y repite muchas veces: “¿Sabés todo lo que falta?”.

Los ojos verdes destellan la luz de la lámpara que los ilumina desde arriba, y, aunque miran fijos, realizan un flashback en el tiempo.


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El pequeño Ova jugaba a la pelota en el jardín de casa. Tenía once años y una vida repleta de amor de mamá y papá, aquel Agosto del 98 en que su vida cambiaría para siempre. Era el mayor de tres hermanos, poseía un gustito especial por el fútbol y en aquel jardín de la casa ubicada en el barrio Sarmientos se forjaban las ilusiones de gloria. Secundado por sus hermanos Leo, de nueve, e Ivan, de siete, corrían como cualquier pibe detrás de una pelota caprichosa que no tenía mejor idea que perderse en territorios ajenos.

El terreno vecino, implicaba que aquella redonda que se iba, no volviera.  El sujeto del frente, era una bestia feroz, sin piedad ni corazón y repleto de un odio y una furia interna que lo hacía inmune a la ternura de los niños. Era petizo y con bigotes, la imagen asemejada a Hitler, el genocida alemán. Les rompía en pedazos el objeto del juego, tratando así de hacer añicos una parte de su corazón. Esto sucedía una y otra vez, hasta aquel día en que el consentidor padre se cansó. Cruzó la calle, sin saber que aquellos pasos marcaban un límite del que no tendría retorno, y se decidió a enfrentar al cruel vecino. Ova y sus secuaces de travesuras infantiles observaban todo, los gritos del padre y el vecino aún más furioso. Quién sabe de qué o poseído por qué acumulaba aquella bronca en un cuerpo anciano, pero el odio no es cosa que se pueda comprender.

Pasaron algunos días del episodio, un sábado 8 de Agosto del año 1998, la familia y el pequeño Ova se dirigían a hacer compras. Al llegar a casa, la mamá le encargó al niño de once años, el pan del mediodía. Una tarde cualquiera, una familia cualquiera, una rutina cualquiera.

Ova volvía con el pan a casa y lo distribuía en la mesa, cuando todos sintieron una explosión. Seguro no era nada, a papá se le había explotado una batería semanas antes arreglando el auto, podría ser lo mismo; para eso estaba preparado, lo que no sabía era lo que vería a continuación…

Salieron confiados a ayudarlo, pero papá yacía en el suelo entre un charco de sangre y una bala en la ingle. Mamá desesperaba entre gritos de terror y buscaba en miradas al cruel culpable del hecho. La bestia feroz se encontraba escondida tras los ligustros de su jardín, aquellos mismos en los cuales la pelota se perdía una y otra vez. El tipo sostenía una escopeta en sus manos, un arma casi tan fría e inanimada como su corazón.

El escenario se congelaba, los vecinos acudían al socorro. Y la madre cruzaba la calle para enfrentar a la bestia del arma. El hombre frío, ciego de furia, lleno de un odio generado quién sabe de dónde, remontaba la lucha ahora queriendo cobrarse por víctima a la madre. Pero la multitud de gente en la calle que llegaba a ayudar le impedían el cometido. La desesperación, la angustia e impotencia solo podían ser las emociones protagonistas.
Gritos y más gritos oyó el niño en aquella calle entumecida. La sirena de la ambulancia era la única salvación y el trayecto hacia el Centro de Salud se volvía eterno. Pero tras ocho horas de agonía, el padre se despide del mundo físico.



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En la cafetería Ova dobla la servilleta que sostiene en sus dedos en mil pedazos, se pasa una mano por la cabeza recordando el tormentoso momento, que marcaría el comienzo de una serie de peripecias penosas. El café llega a la mesa y él me mira fijamente a los ojos mientras recuerda lo que se preguntaba aquel día: “¿De qué realmente estás hecho?”.

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La despedida

Vivir sin el padre fue el golpe más duro de Ova, siendo aún un niño. Con papá todo era más fácil, los regalos, la casa y cada cosa que poseían. Mamá tenía casi 40 años y había dejado de trabajar. Después de aquel hecho fatídico, tuvo que retomar. Era maestra y una excelente persona.

Susana Pacheco Aguirre comenzó un camino que la llevaría hacia la recta final. Consiguió un puesto en una escuela, Ova recuerda la mirada triste y las energías consumidas de su madre. Él se lo perdonó todo, se sentía sola y necesitaba contar con el apoyo de alguien; tenía tres niños que estaban entrando en la adolescencia y ella tenía que hacer frente a una casa y todo lo que implicaba mantenerla.

Conoció a un profesor de educación física y se enamoró, ¿O se perdió? Al menos Ova lo recuerda así. Aquel hombre llegó a destruir la poca paz que habían logrado. Se metió en su casa y convirtió en un tormento sus horas de juventud.

Aquel recuerdo quedó en la retina de sus ojos para siempre. Los golpes y el maltrato de parte de un hombre ajeno a su vida, que jamás debería haber entrado. El sentido de sus ojos verdes cambia al recordar las veces en que vio a Susana golpeada, aunque ella jamás le confesó que hubiera sido por él.

“Eso la enfermó a mi vieja”, explica Ova mientras la servilleta que sostiene termina por hacerse añicos en sus manos. Limpia la mesa con los pedazos del papel roto y con su mano izquierda contornea la cicatriz de su cabeza.

Tiempo después se separó, pero el corazón roto que había dejado la muerte de su marido y el vacío que no había podido llenar un nuevo hombre, terminaron por marcar el designio de un duro final.

Mamá enfermó gravemente. Cáncer, la enfermedad que perseguiría a Ova como un fantasma. Luchó acompañada por tres hijos que debían madurar de golpe. Hasta que finalmente se despidió, dejando al mayor de sus muchachos con una confusión que debió solucionar con golpes pero con un legado de amor que Ova jamás olvidará.

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La furia, una lucha contra sí mismo

En el café la luz del día que entraba por las ventanas ha sido reemplazada por el resplandor de una luna llena de domingo que se prepara para el eclipse. Ova Fonio la mira atento y busca sacarle fotos para subir a las redes sociales. Comenta la base de su vida: conseguir la energía del equilibrio entre la mente y el corazón.

Habla de la forma en que despertó una vez, cómo la vida le cambió y le enseñó que lo importante es no quedarse en la amargura. Relata un capítulo de los Simpsons: Homero está furioso, se pone rojo de la ira y comienzan a salirle ganglios por todo el cuerpo, se hincha. Eso le sucedió a él.


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Tenía 26 años y era un gran amante del fútbol. Enérgico desde siempre no podía mantenerse alejado del deporte. De repente las fuerzas le flaqueaban y le impedían entrenar. No tenía ganas de ir al gimnasio y el rendimiento bajaba. Necesitaba ocupar muchas horas de sueño porque el cansancio era extremo, esto sumado a una sudoración excesiva y a una inexplicable pérdida de peso.

Pilar tenía tres años y la situación con la mamá no era la más agradable. Descubrió que un par de ganglios se habían hinchado en su cuello. Acudió al médico y lo sometieron a una leve operación.

Una biopsia dictaminó el crudo resultado. Era un linfoma de Hodking, un tumor que le diagnosticaba cáncer, y ahí venían otra vez los fantasmas. ¿Acaso alguien lo había embrujado? Era una de las preguntas que recorrían la mente del joven papá. Tantas desventuras no podían venir hacia una sola persona.

Yo tenía ira acumulada, eso sucedía”, recuerda el gladiador de la vida.

Siguió entonces la carrera más larga, un camino en el cual la meta significaba la vida, y quedarse sentado, la muerte. Debía despertar, había algo en su interior que no andaba bien y aquello se manifestaba en una enfermedad. Tenía una hija pequeña por la que debía luchar.

Siguieron nueve sesiones de quimioterapia, la extirpación de un tumor restante en el mediastino y finalmente las últimas sesiones de radioterapia que se realizó en Tucumán, en el Hospital Centro de Salud.

Sostiene que si alguien quiere dejarse morir, lo hace. Él estuvo a pocos pasos de hacerlo, pero lo sostuvo Pilar. La lucha fue consigo mismo. Algunas veces llegó al límite; tocó fondo, como dice; aunque eso solo logró ponerlo en el camino en que se encuentra ahora: Despierto, libre y vivo.

“cuando estás enfermo de algo, necesitás de la contención de alguien, yo estaba solo”, exclama con los ojos verdes muy abiertos y mirando fijos.

Realmente creo que me salvó mi hija”, agregaa con su mirada de padre, transmitiendo la paz y tranquilidad que habita en su interior.


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El loco que corre

Lo he visto muchas veces. Está loco. No duerme por correr y cuando lo hace sueña que está corriendo. Llueva o truene, con 40 grados o menos de dos, él se levanta y corre y cuando se cansa sigue corriendo.

Es metrosexual, tiene 45 camisas y posee una manía por comerse las uñas hasta lastimarse, no sabe si es por nervios o puro placer de soportar el dolor. Tiene una pequeña obsesión por la limpieza personal y el aseo de su casa.

Se queja todos los días que las 24 horas le parecen demasiado cortas y que si la gente fuera más pícara… Bueno, conseguiría más cosas. Está loco, no exagero. Corre como si se le fuera la vida en eso, se deshidrata, transpira y se cansa, solo para disfrutar del descanso que le ofrece la merienda con amigos después de una carrera.

En la mirada tiene la chispa de que todo lo que hace, lo hace con amor. Cree en el aura de las personas, pero disfruta mucho de estar en soledad. Está tratando de ganarle a alguien, ese alguien es él mismo. Prepara la ropa minuciosamente y la coloca en la silla un día antes de una maratón, y se despierta en la mañana con la ansiedad de un niño en vísperas de navidad.

Lo he visto muchas veces y hoy lo vi antes de la largada, cuando pide por favor que le tomemos una foto. Lo veré llegar a la meta exhausto y levantar los brazos porque lo ha logrado otra vez. Parece que corre para ganarle a la muerte, yo creo que lo hace por ser campeón de la vida.

Así es, lo conozco bien. Se llama Osvaldo Fonio y está enamorado de su hija.













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