jueves, 17 de diciembre de 2015

Más que un karateca, un gladiador

El 2015 fue el mejor año para Miguel Amargós, este joven a karateca tocó el cielo con las manos y se abrazó a la primera medalla de oro para un tucumano en la disciplina en un juego panamericano. En lo más alto del continente lo esperaba Toronto, Canadá. Allí en 24 horas consiguió lo que solo ocurría en películas como Karate Kid o los inolvidables combates en los noventas de Héctor Echavarría en Brigada Cola. Ganó el título panamericano ante el salvadoreño Jorge Merino con su diestra quebrada. Su astucia y las ganas de llevarse el oro pudieron más, visiblemente emocionado esbozó: “Era un gladiador, no se me pasaba por la cabeza perder, no me permitía perder”. Su familia y amigos a lo lejos, lo esperaban como el gran campeón y un ídolo para su pequeño hijo Aquiles.





El Karate significa “el camino de la mano vacía” es un arte marcial tradicional de las Islas Ryūkyū pertenecientes a Japón, su difusión estuvo a cargo del su máximo exponente, Bruce Lee. Todos los niños soñaban con ser como él, simulaban ser su héroe, de allí fue que cada persona que arrojaba una patada era denominada karateca.

En Tucumán, en Villa Além, Miguel Ángel Amargós y María Liliana Di Maio tuvieron tres hijos, Milagros, Miguel Ángel y Rocío. Con una vida llena de sacrificios pudieron comprar su primera casa en calle Ayacucho. Don Miguel acondicionó su garaje para poner un taller de chapa y pintura, allí su esposa Liliana lo acompañó siempre como asistente y ama de casa. Así pudieron llevar adelante una familia que encontraría en sus hijos el camino de las artes marciales.

El pequeño hombrecito de la casa era Miguel, un niño con poco gusto para los deportes, pero animador de peleas con sus amiguitos. A los 6 años probó suerte en el fútbol, a la vuelta de su casa se encontraba el Club Tucumán Central, aunque solo duró 6 meses como futbolista. El hecho de que su técnico lo hiciera jugar con chicos de 15 años, le quitaron sus ganas definitivamente de acariciar una pelota.


                                     Foto // Miguel Amargós siempre dispuesto a los grandes desafíos


Solo de golpes de puño y patas al aire pasaba sus días fuera y dentro de la escuela, los juguetes y muñecos le duraban un suspiro, todos los tiraba por el aire o simplemente los rompía como único juego, era un rebelde sin causa, solo conocía las piñas como forma para comunicarse, por ese motivo no tenía amigos y sus padres le prohibían salir por miedo a las peleas. Hasta que un día casi sin querer, presenció una clase de karate a la vuelta de su casa en la academia del profesor Julio Farías. Fue amor a primera vista, siendo tan pequeño logró entender que ese lugar sería ideal para poder descargar su incontrolable energía. Allí aprendió disciplina y a conocer una forma de vida que le permitiría conseguir sus primeros amigos como Gabriel Segampa, Gonzalo Robles y José Araoz.

El Dōjō es el término empleado en Japón para designar un espacio destinado a la práctica y enseñanza de la meditación y/o las artes marciales tradicionales modernas. También fue el lugar donde Miguel Amargós aprendió a comportarse, a ganarse el respeto de los demás y a convivir con el mundo que lo redeaba. Siendo un adolescente de tan solo 17 años tuvo a su hijo Aquiles, con una joven peruana, pudieron convivir solo 7 meses en la casa de los Amargós. Los egos y las peleas terminaron con la relación y comenzaron la batalla por el pequeño, los celos y los pases de factura debilitaron definitivamente la relación. Ese momento fue un punto de inflexión para el joven karateca, alejado de su primogénito por bastante tiempo, decidió que no descansaría hasta poder recuperar a su hijo.

Miguel y sus hermanas Milagros y Rocío fueron a la escuela Avellaneda en su infancia. El Instituto Privado Tucumán fue su lugar en la secundaria. Como alumno fue siempre aplicado, aunque un poco “vago”, según las palabras del protagonista. Pocas materias le despertaban admiración, sobre todo historia, “me aburría mucho, no me gustaba para nada, aunque eso cambió un día. En el último año me llevé a rendir justamente historia, pero un profesor particular cambió mi visión de la historia, la forma en que lo explicó me llevó a inscribirme al año siguiente en la carrera”.

De vez en cuando los prejuicios son el pecado original que comenten los periodistas, y este caso no fue la excepción, ver a un profesional preocuparse por su familia, sus amigos y por sobre todas las cosas, superarse y formarse profesionalmente en Historia y Educación Física, llevaron al escritor a replantearse aspectos inesperados.

La infancia es la etapa más linda de la vida y sobre todo lo fue para Miguel cada vez que llegaba de la escuela por las tardes: “Luego de las 6 de la tarde llegaba a mi casa y me pegaba al televisor a ver Dragon Ball Z, lo pasaban por el extinto canal Magic Kids, ver esos dibujitos me impulsaron a practicar karate”.


                                Foto // Uno de los hobbies de Miguel, criar perros de la raza American Bully 


Ganador del Olimpia de plata en 2010 y nominado nuevamente en la terna este año, Amargós no detuvo ni un instante su cosecha de galardones. Fue elegido como el deportista del año por una mesa de notables en los premios que entrega La Gaceta año a año.

En un deporte individualista como el karate siempre son importantes los amigos, es por eso que Julián Pinzás, Franco Recouso y sus entrenadores Iván Troitiño y Luis “Biyu” Andrada son piezas fundamentales en la carrera de Amargós. Además Aquiles de 6 años es su cable a tierra, luego de un tiempo de idas y vueltas comparte una gran relación de amistad con su primera pareja. Con su familia siempre presente en sus pensamientos agradece que sean los pilares que hoy lo sostienen como persona de bien.

Con tan solo 25 años, Miguel Ángel Amargós es un ejemplo de tenacidad y perseverancia, a fuerza de voluntad y disciplina logró poner en lo más alto de América a una provincia que en muchas ocasiones, mira para otro lado sin apreciar lo mejor de sus mejores exponentes.

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