jueves, 17 de diciembre de 2015

Más que un karateca, un gladiador

El 2015 fue el mejor año para Miguel Amargós, este joven a karateca tocó el cielo con las manos y se abrazó a la primera medalla de oro para un tucumano en la disciplina en un juego panamericano. En lo más alto del continente lo esperaba Toronto, Canadá. Allí en 24 horas consiguió lo que solo ocurría en películas como Karate Kid o los inolvidables combates en los noventas de Héctor Echavarría en Brigada Cola. Ganó el título panamericano ante el salvadoreño Jorge Merino con su diestra quebrada. Su astucia y las ganas de llevarse el oro pudieron más, visiblemente emocionado esbozó: “Era un gladiador, no se me pasaba por la cabeza perder, no me permitía perder”. Su familia y amigos a lo lejos, lo esperaban como el gran campeón y un ídolo para su pequeño hijo Aquiles.





El Karate significa “el camino de la mano vacía” es un arte marcial tradicional de las Islas Ryūkyū pertenecientes a Japón, su difusión estuvo a cargo del su máximo exponente, Bruce Lee. Todos los niños soñaban con ser como él, simulaban ser su héroe, de allí fue que cada persona que arrojaba una patada era denominada karateca.

En Tucumán, en Villa Além, Miguel Ángel Amargós y María Liliana Di Maio tuvieron tres hijos, Milagros, Miguel Ángel y Rocío. Con una vida llena de sacrificios pudieron comprar su primera casa en calle Ayacucho. Don Miguel acondicionó su garaje para poner un taller de chapa y pintura, allí su esposa Liliana lo acompañó siempre como asistente y ama de casa. Así pudieron llevar adelante una familia que encontraría en sus hijos el camino de las artes marciales.

El pequeño hombrecito de la casa era Miguel, un niño con poco gusto para los deportes, pero animador de peleas con sus amiguitos. A los 6 años probó suerte en el fútbol, a la vuelta de su casa se encontraba el Club Tucumán Central, aunque solo duró 6 meses como futbolista. El hecho de que su técnico lo hiciera jugar con chicos de 15 años, le quitaron sus ganas definitivamente de acariciar una pelota.


                                     Foto // Miguel Amargós siempre dispuesto a los grandes desafíos


Solo de golpes de puño y patas al aire pasaba sus días fuera y dentro de la escuela, los juguetes y muñecos le duraban un suspiro, todos los tiraba por el aire o simplemente los rompía como único juego, era un rebelde sin causa, solo conocía las piñas como forma para comunicarse, por ese motivo no tenía amigos y sus padres le prohibían salir por miedo a las peleas. Hasta que un día casi sin querer, presenció una clase de karate a la vuelta de su casa en la academia del profesor Julio Farías. Fue amor a primera vista, siendo tan pequeño logró entender que ese lugar sería ideal para poder descargar su incontrolable energía. Allí aprendió disciplina y a conocer una forma de vida que le permitiría conseguir sus primeros amigos como Gabriel Segampa, Gonzalo Robles y José Araoz.

El Dōjō es el término empleado en Japón para designar un espacio destinado a la práctica y enseñanza de la meditación y/o las artes marciales tradicionales modernas. También fue el lugar donde Miguel Amargós aprendió a comportarse, a ganarse el respeto de los demás y a convivir con el mundo que lo redeaba. Siendo un adolescente de tan solo 17 años tuvo a su hijo Aquiles, con una joven peruana, pudieron convivir solo 7 meses en la casa de los Amargós. Los egos y las peleas terminaron con la relación y comenzaron la batalla por el pequeño, los celos y los pases de factura debilitaron definitivamente la relación. Ese momento fue un punto de inflexión para el joven karateca, alejado de su primogénito por bastante tiempo, decidió que no descansaría hasta poder recuperar a su hijo.

Miguel y sus hermanas Milagros y Rocío fueron a la escuela Avellaneda en su infancia. El Instituto Privado Tucumán fue su lugar en la secundaria. Como alumno fue siempre aplicado, aunque un poco “vago”, según las palabras del protagonista. Pocas materias le despertaban admiración, sobre todo historia, “me aburría mucho, no me gustaba para nada, aunque eso cambió un día. En el último año me llevé a rendir justamente historia, pero un profesor particular cambió mi visión de la historia, la forma en que lo explicó me llevó a inscribirme al año siguiente en la carrera”.

De vez en cuando los prejuicios son el pecado original que comenten los periodistas, y este caso no fue la excepción, ver a un profesional preocuparse por su familia, sus amigos y por sobre todas las cosas, superarse y formarse profesionalmente en Historia y Educación Física, llevaron al escritor a replantearse aspectos inesperados.

La infancia es la etapa más linda de la vida y sobre todo lo fue para Miguel cada vez que llegaba de la escuela por las tardes: “Luego de las 6 de la tarde llegaba a mi casa y me pegaba al televisor a ver Dragon Ball Z, lo pasaban por el extinto canal Magic Kids, ver esos dibujitos me impulsaron a practicar karate”.


                                Foto // Uno de los hobbies de Miguel, criar perros de la raza American Bully 


Ganador del Olimpia de plata en 2010 y nominado nuevamente en la terna este año, Amargós no detuvo ni un instante su cosecha de galardones. Fue elegido como el deportista del año por una mesa de notables en los premios que entrega La Gaceta año a año.

En un deporte individualista como el karate siempre son importantes los amigos, es por eso que Julián Pinzás, Franco Recouso y sus entrenadores Iván Troitiño y Luis “Biyu” Andrada son piezas fundamentales en la carrera de Amargós. Además Aquiles de 6 años es su cable a tierra, luego de un tiempo de idas y vueltas comparte una gran relación de amistad con su primera pareja. Con su familia siempre presente en sus pensamientos agradece que sean los pilares que hoy lo sostienen como persona de bien.

Con tan solo 25 años, Miguel Ángel Amargós es un ejemplo de tenacidad y perseverancia, a fuerza de voluntad y disciplina logró poner en lo más alto de América a una provincia que en muchas ocasiones, mira para otro lado sin apreciar lo mejor de sus mejores exponentes.

Osvaldo Fonio

Llegar a la meta o morir en el intento
Son raros.
Se inventan una meta en cada carrera.
Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren.




Una segunda oportunidad


El 10 de agosto del 2013, Ova se despertó en una sala de hospital. Una gran cantidad de cables presentaban una encrucijada sobre su pecho. El ruido de una maquinaria confusa y la desesperación de no saber en dónde se encontraba. Abrió los ojos despacio, inmerso aún en el sueño que lo había puesto en una pausa entre la vida y la muerte.

Se sentía liviano ¿Había perdido peso? Sí y mucho. El techo del Hospital Padilla y la inmensidad de una sala blanca lo confundían aún más.

Sobrevivió a una semana en coma farmacológico y por unos instantes no recordaba absolutamente nada. Confusión, pérdida y revolución. Su cerebro era un sinfín de emociones hasta que se lo explicaron
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“Tal vez no pueda caminar más”, dijeron por ahí.

Pero para aquel joven de 27 años cualquier designio negativo era imposible. Su primer pensamiento fue Pilar, saber dónde estaba y qué fuerzas le daría para continuar. Lo habían sometido a una nueva operación. Tenía todo el sistema nervioso afectado y una placa en el cerebro que podría impedirle muchas cosas.

Justo que estaba bien, justo que se había salvado, justo que todo marchaba en orden, justo… La vida lo despertaba de una cachetada una vez más porque en aquel sueño algo se había movido en su interior y no era el mismo. No iba a darse por vencido y frente a todos los diagnósticos se levantó y caminó, como si jamás hubiera estado dormido.
La energía de ese nuevo comienzo sorprendía a muchos y frente a los vituperios de sus amigos y familia, se propuso darse una segunda oportunidad.


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Los ojos le volvían hacia una semana atrás, 3 de agosto, comenzando de nuevo. Los nueve meses que habían quedado en el pasado produjeron una sacudida de cada uno de sus sentidos. El pelo corto ponía el sello de la cruda enfermedad que había vencido y en su cabeza se movían miles de pensamientos.

No tenía trabajo y su relación de pareja había acabado hacía muy poco tiempo. Los recuerdos de una casa de la que quería alejarse lo llevaron hasta San Andrés, en donde vivía José María o Kerusa para los amigos como él. Se conocían desde los siete años, su mejor compañero y el confidente de diversas aventuras.

Ayudaba a este amigo a hacer trabajos. Era un día de invierno y el papá de Kerusa tuvo la idea de hacer pescado a la parrilla. Lo invitaron. Aceptó.

Se trataba de una tarde entre amigos en la que nada podía salir mal, o eso esperaban. Ova tenía vedado el alcohol, pero habían preparado un cóctel de vino nada ofensivo ¿Qué podría pasarle? Él ya estaba curado, los efectos del alcohol no generarían nada. Una sola copa, no había problema. Entonces tomó.

Lo que sucedió a continuación es confuso. ¿Se mareó? ¿Qué pasó? Quería irse, sí. El cuatriciclo en el que había llegado estaba estacionado. Lo tomó, o eso le contaron. Se escapó, su mente se vuelve una nebulosa en aquel momento. La cadena salta y ¿Qué acaeció? Los recuerdos se borran de un porrazo, son casi como invisibles. Se dio vuelta el cuatriciclo ¿Se golpeó la cabeza? De repente todo se vuelve color negro.

Vuelve a la sala de Hospital, a despertarse en la encrucijada de cables y a mirar el techo blanco. Lo logró una vez más.
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Ova Fonio narra la historia al costado de la meta. Mientras ve llegar a quienes vinieron después de él. A la mamá con el cochecito y al principiante que se ha inscripto por primera vez a una maratón.

Él llegó entre los atletas de la primera tanda, los que compiten cada fin de semana y no se pierden ninguna carrera. Ya serpenteó caminos de tierra y trepó cuestas empedradas. Los mira simplemente y espera el podio.

Venció cualquier dictamen. No sólo caminó, sino que decidió correr; y cuando corre, vuela y nada lo detiene. Al costado de la meta puede contar lo que vivió, mientras los ojos verdes miran fijos la línea de llegada

“Estuve entre la vida y la muerte, a pasitos de dejarme morir”, expresa y se prepara para subir al podio.

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Ella, quien le cambió la vida

Es una tarde de primavera y lo he visto muchas veces. A la carrera le queda más de una hora para comenzar y él llega al escenario del Open Plaza. La trae tomada de la mano con ojos de enamorado. Ella camina con una sonrisa feliz y revolotea a su alrededor. Tiene la mirada tierna, la alegría que le entrega una chispa especial y aun así, una paz que a él lo vuelve loco.

Viste de rosa y lleva una trenza en el cabello negro que le cae por la espalda. Tiene los ojos oscuros de gitanilla y una boca sonrosada. Pilar es el primer pensamiento de Ova al despertar, al dormirse o al llegar a la meta y esa tarde solo quiere ganar frente a la mirada atenta del amor de su vida.


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Ova tenía 22 años, próximo a cumplir los 23. Era un joven alborotado y rebelde. Estaba de novio hacía muchos años, aunque su vida se basaba en salir y escaparse de la realidad que lo abrumaba.

Su día a día era una galaxia incomprensible, perdido en la irrealidad. Salir y volver a cualquier hora, sin límites y una mujer con quien aguantaba todo.

Fue por eso que la noticia lo golpeó como un balde de agua fría. Iba a ser papá. ¿Qué haría a partir de entonces? Él mismo no lo sabía. Se abría un mundo desconocido que trazaría un nuevo límite en su vida. La vida le había arrebatado hacía poco tiempo a una mujer importante en su vida y ahora le ponía a otra en el camino.

Nació el 18 de noviembre del año 2009 y le pusieron por nombre Pilar, sin saber que a partir de entonces se convertiría justo en eso: el sostén más fuerte de su vida como el mismo nombre lo indicaba. Era casi como un juguete nuevo y él era tan joven que no sabía qué hacer. Pero allí estuvo para recibirla y darle la bienvenida a este mundo en donde debería protegerla y acompañarla. Conoció el amor ese día, como él mismo recuerda.



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Todos los días la lleva al jardín, la llama y se ocupa de almorzar con ella los fines de semana. Ese sábado de septiembre, la pequeña, que tiene 5 años, le ha pedido acompañarlo y él jamás podría negarse. Es el trajín que más lo hace feliz.

Los atletas corrieron 10 kilómetros y Ova es el tercero en aparecer. Pilar lo ve cruzar la meta y corre inmediatamente a abrazarlo. A él le flaquean las piernas y respira agitado pero la alza en sus brazos y le agradece el cariño.

“Es el amor más puro que existe, el único que no puede morir jamás”, confiesa después de recuperarse, mientras la mira como el tesoro más valioso del universo.

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¿De qué realmente estás hecho?

Las voces se apoltronan en aquel café famoso de la capital, ubicado en la calle 25 de mayo. Ya han pasado 30 minutos de la hora pautada, cuando se asoma su figura tras la escalera. Lo he visto muchísimas veces en el año, pero ese día trae algo especial en la mirada. Está listo para contar su historia. La sonrisa se despliega en su rostro. Saluda. El perfume inunda el ambiente a más de un metro de distancia. Su aspecto es relajado igual que todas las veces y feliz, siempre feliz.

Osvaldo Fonio Transmite la energía desde el primer momento. Me habla como si fuera un amigo de toda la vida y se dispone a mostrarme entusiasmado su nuevo par de zapatillas para correr.

“Me falta conseguir los clavos nada más”, comenta.

Ha tenido una mañana agitada, agitadamente estupenda, como aclara. Trabajó desde temprano para Arcor, me explica en qué consiste aquello con mucho ímpetu y encantado de lo que hace, aunque se vuelva loco. Se disculpa por la demora, en el trayecto se ha encontrado con dos amigos y no pudo evitar quedarse a conversar. Está hecho un mundo de palabras, no quiere parar en todo el día y quedó en confirmar con un par de amigos hacer un fondo aquella misma tarde. A pesar de todo está feliz con la pausa que el café le ofrece, y me advierte que tiene mil historias por contar y repite muchas veces: “¿Sabés todo lo que falta?”.

Los ojos verdes destellan la luz de la lámpara que los ilumina desde arriba, y, aunque miran fijos, realizan un flashback en el tiempo.


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El pequeño Ova jugaba a la pelota en el jardín de casa. Tenía once años y una vida repleta de amor de mamá y papá, aquel Agosto del 98 en que su vida cambiaría para siempre. Era el mayor de tres hermanos, poseía un gustito especial por el fútbol y en aquel jardín de la casa ubicada en el barrio Sarmientos se forjaban las ilusiones de gloria. Secundado por sus hermanos Leo, de nueve, e Ivan, de siete, corrían como cualquier pibe detrás de una pelota caprichosa que no tenía mejor idea que perderse en territorios ajenos.

El terreno vecino, implicaba que aquella redonda que se iba, no volviera.  El sujeto del frente, era una bestia feroz, sin piedad ni corazón y repleto de un odio y una furia interna que lo hacía inmune a la ternura de los niños. Era petizo y con bigotes, la imagen asemejada a Hitler, el genocida alemán. Les rompía en pedazos el objeto del juego, tratando así de hacer añicos una parte de su corazón. Esto sucedía una y otra vez, hasta aquel día en que el consentidor padre se cansó. Cruzó la calle, sin saber que aquellos pasos marcaban un límite del que no tendría retorno, y se decidió a enfrentar al cruel vecino. Ova y sus secuaces de travesuras infantiles observaban todo, los gritos del padre y el vecino aún más furioso. Quién sabe de qué o poseído por qué acumulaba aquella bronca en un cuerpo anciano, pero el odio no es cosa que se pueda comprender.

Pasaron algunos días del episodio, un sábado 8 de Agosto del año 1998, la familia y el pequeño Ova se dirigían a hacer compras. Al llegar a casa, la mamá le encargó al niño de once años, el pan del mediodía. Una tarde cualquiera, una familia cualquiera, una rutina cualquiera.

Ova volvía con el pan a casa y lo distribuía en la mesa, cuando todos sintieron una explosión. Seguro no era nada, a papá se le había explotado una batería semanas antes arreglando el auto, podría ser lo mismo; para eso estaba preparado, lo que no sabía era lo que vería a continuación…

Salieron confiados a ayudarlo, pero papá yacía en el suelo entre un charco de sangre y una bala en la ingle. Mamá desesperaba entre gritos de terror y buscaba en miradas al cruel culpable del hecho. La bestia feroz se encontraba escondida tras los ligustros de su jardín, aquellos mismos en los cuales la pelota se perdía una y otra vez. El tipo sostenía una escopeta en sus manos, un arma casi tan fría e inanimada como su corazón.

El escenario se congelaba, los vecinos acudían al socorro. Y la madre cruzaba la calle para enfrentar a la bestia del arma. El hombre frío, ciego de furia, lleno de un odio generado quién sabe de dónde, remontaba la lucha ahora queriendo cobrarse por víctima a la madre. Pero la multitud de gente en la calle que llegaba a ayudar le impedían el cometido. La desesperación, la angustia e impotencia solo podían ser las emociones protagonistas.
Gritos y más gritos oyó el niño en aquella calle entumecida. La sirena de la ambulancia era la única salvación y el trayecto hacia el Centro de Salud se volvía eterno. Pero tras ocho horas de agonía, el padre se despide del mundo físico.



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En la cafetería Ova dobla la servilleta que sostiene en sus dedos en mil pedazos, se pasa una mano por la cabeza recordando el tormentoso momento, que marcaría el comienzo de una serie de peripecias penosas. El café llega a la mesa y él me mira fijamente a los ojos mientras recuerda lo que se preguntaba aquel día: “¿De qué realmente estás hecho?”.

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La despedida

Vivir sin el padre fue el golpe más duro de Ova, siendo aún un niño. Con papá todo era más fácil, los regalos, la casa y cada cosa que poseían. Mamá tenía casi 40 años y había dejado de trabajar. Después de aquel hecho fatídico, tuvo que retomar. Era maestra y una excelente persona.

Susana Pacheco Aguirre comenzó un camino que la llevaría hacia la recta final. Consiguió un puesto en una escuela, Ova recuerda la mirada triste y las energías consumidas de su madre. Él se lo perdonó todo, se sentía sola y necesitaba contar con el apoyo de alguien; tenía tres niños que estaban entrando en la adolescencia y ella tenía que hacer frente a una casa y todo lo que implicaba mantenerla.

Conoció a un profesor de educación física y se enamoró, ¿O se perdió? Al menos Ova lo recuerda así. Aquel hombre llegó a destruir la poca paz que habían logrado. Se metió en su casa y convirtió en un tormento sus horas de juventud.

Aquel recuerdo quedó en la retina de sus ojos para siempre. Los golpes y el maltrato de parte de un hombre ajeno a su vida, que jamás debería haber entrado. El sentido de sus ojos verdes cambia al recordar las veces en que vio a Susana golpeada, aunque ella jamás le confesó que hubiera sido por él.

“Eso la enfermó a mi vieja”, explica Ova mientras la servilleta que sostiene termina por hacerse añicos en sus manos. Limpia la mesa con los pedazos del papel roto y con su mano izquierda contornea la cicatriz de su cabeza.

Tiempo después se separó, pero el corazón roto que había dejado la muerte de su marido y el vacío que no había podido llenar un nuevo hombre, terminaron por marcar el designio de un duro final.

Mamá enfermó gravemente. Cáncer, la enfermedad que perseguiría a Ova como un fantasma. Luchó acompañada por tres hijos que debían madurar de golpe. Hasta que finalmente se despidió, dejando al mayor de sus muchachos con una confusión que debió solucionar con golpes pero con un legado de amor que Ova jamás olvidará.

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La furia, una lucha contra sí mismo

En el café la luz del día que entraba por las ventanas ha sido reemplazada por el resplandor de una luna llena de domingo que se prepara para el eclipse. Ova Fonio la mira atento y busca sacarle fotos para subir a las redes sociales. Comenta la base de su vida: conseguir la energía del equilibrio entre la mente y el corazón.

Habla de la forma en que despertó una vez, cómo la vida le cambió y le enseñó que lo importante es no quedarse en la amargura. Relata un capítulo de los Simpsons: Homero está furioso, se pone rojo de la ira y comienzan a salirle ganglios por todo el cuerpo, se hincha. Eso le sucedió a él.


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Tenía 26 años y era un gran amante del fútbol. Enérgico desde siempre no podía mantenerse alejado del deporte. De repente las fuerzas le flaqueaban y le impedían entrenar. No tenía ganas de ir al gimnasio y el rendimiento bajaba. Necesitaba ocupar muchas horas de sueño porque el cansancio era extremo, esto sumado a una sudoración excesiva y a una inexplicable pérdida de peso.

Pilar tenía tres años y la situación con la mamá no era la más agradable. Descubrió que un par de ganglios se habían hinchado en su cuello. Acudió al médico y lo sometieron a una leve operación.

Una biopsia dictaminó el crudo resultado. Era un linfoma de Hodking, un tumor que le diagnosticaba cáncer, y ahí venían otra vez los fantasmas. ¿Acaso alguien lo había embrujado? Era una de las preguntas que recorrían la mente del joven papá. Tantas desventuras no podían venir hacia una sola persona.

Yo tenía ira acumulada, eso sucedía”, recuerda el gladiador de la vida.

Siguió entonces la carrera más larga, un camino en el cual la meta significaba la vida, y quedarse sentado, la muerte. Debía despertar, había algo en su interior que no andaba bien y aquello se manifestaba en una enfermedad. Tenía una hija pequeña por la que debía luchar.

Siguieron nueve sesiones de quimioterapia, la extirpación de un tumor restante en el mediastino y finalmente las últimas sesiones de radioterapia que se realizó en Tucumán, en el Hospital Centro de Salud.

Sostiene que si alguien quiere dejarse morir, lo hace. Él estuvo a pocos pasos de hacerlo, pero lo sostuvo Pilar. La lucha fue consigo mismo. Algunas veces llegó al límite; tocó fondo, como dice; aunque eso solo logró ponerlo en el camino en que se encuentra ahora: Despierto, libre y vivo.

“cuando estás enfermo de algo, necesitás de la contención de alguien, yo estaba solo”, exclama con los ojos verdes muy abiertos y mirando fijos.

Realmente creo que me salvó mi hija”, agregaa con su mirada de padre, transmitiendo la paz y tranquilidad que habita en su interior.


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El loco que corre

Lo he visto muchas veces. Está loco. No duerme por correr y cuando lo hace sueña que está corriendo. Llueva o truene, con 40 grados o menos de dos, él se levanta y corre y cuando se cansa sigue corriendo.

Es metrosexual, tiene 45 camisas y posee una manía por comerse las uñas hasta lastimarse, no sabe si es por nervios o puro placer de soportar el dolor. Tiene una pequeña obsesión por la limpieza personal y el aseo de su casa.

Se queja todos los días que las 24 horas le parecen demasiado cortas y que si la gente fuera más pícara… Bueno, conseguiría más cosas. Está loco, no exagero. Corre como si se le fuera la vida en eso, se deshidrata, transpira y se cansa, solo para disfrutar del descanso que le ofrece la merienda con amigos después de una carrera.

En la mirada tiene la chispa de que todo lo que hace, lo hace con amor. Cree en el aura de las personas, pero disfruta mucho de estar en soledad. Está tratando de ganarle a alguien, ese alguien es él mismo. Prepara la ropa minuciosamente y la coloca en la silla un día antes de una maratón, y se despierta en la mañana con la ansiedad de un niño en vísperas de navidad.

Lo he visto muchas veces y hoy lo vi antes de la largada, cuando pide por favor que le tomemos una foto. Lo veré llegar a la meta exhausto y levantar los brazos porque lo ha logrado otra vez. Parece que corre para ganarle a la muerte, yo creo que lo hace por ser campeón de la vida.

Así es, lo conozco bien. Se llama Osvaldo Fonio y está enamorado de su hija.













miércoles, 16 de diciembre de 2015

Vida y obra del “Eterno”

Jorge Orlando López vistió los colores de tres clubes grandes de la provincia. El destino lo puso al lado Diego Armando Maradona. De Europa a vender indumentaria deportiva. Pasado y presente del ex futbolista tucumano. 

                   El "Eterno" fue uno de los mejores jugadores en la época del 80´.

Viernes por la mañana, el sol disputa una especie de partido con las nubes para quedarse con la posta del clima. La ciudad bandeña como cada día hábil no descansa, la gente va y viene por avenida Independencia al 300. Entre la multitud se encuentra Jorge Orlando López, quien supo vestir las camisetas del Burgos y Sevilla de España, coreándose con los mejores. Pero también al que Dios le dio su toque mágico y lo puso al lado de un tal Diego Armando Maradona.

"La pelota no se mancha", diría un gran compañero de ataque del "Eterno", que decidió decirle chau a los cortos y dedicarse plenamente a lo comercial. En 1994, abandonó el fútbol y entabló una gran relación con Óscar Juárez, ex presidente de Atlético Concepción. Se hicieron socios y comenzaron con el negocio del deporte: "Me tocó la crisis del 2001 y hubo errores de manejo de dinero, pero aunque sea a duras penas sigo teniendo el local". afirma el win derecho.

Jorge López desde muy pequeño soñaba con jugar en primera y la vida le dio una oportunidad. A los 12 años por temas laborales, junto a su familia tuvo que viajar a Buenos Aires. Allí e destino lo cruzó con el bicho de la paternal: “Cuando llegué a probarme tuve que esperar porque faltaba para que termine el torneo".  

Francisco Cornejo, técnico de Argentinos Juniors, en eso tiempos lo vio hacer fútbol y lo llamó: "Ese día estaba tan feliz. Sentí que tenía la posibilidad de vivir de esto”, expresa orgulloso López. 

La adolescencia de Jorge no fue todo color de rosas. El "avión" que hoy disfruta de su comercio, tuvo barreras que superar. Desde joven aprendió a ganarse el mango en Buenos Aires por la pérdida de su padre: "Mi mamá no quería saber nada con que valla a jugar por miedo a perder el trabajo", comenta Jorge que apostó por el fútbol y debutó con Argentinos Juniors en 1976. 

Mientras algunos aún no creen en el amor a primera vista, López a través del fútbol conoció a su esposa y se enamoró perdidamente. Como una bendición de Dios, lleva 33 años de casado junto a Margarita y tienen tres hijos: dos mujeres, Nuria y Fabiana y Jorge: "Aún sigo buscando el heredero en la familia", cuenta entre risas el "Eterno".

No todas las personas son tocadas con la "varita mágica", el tucumano oriundo de San Miguel, pudo concretar uno de los sueños que todo jugador quisiera lograr. Europa lo recibió con los brazos abiertos en el Burgos y en el Sevilla de España: "El fútbol me dio la posibilidad de conocer otros países del mundo", recuerda Jorge con nostalgia aquellas épocas doradas en su vida. 


López, un laburante chapado a la antigua, guarda un lugar muy especial para su viejo compañero de ataque el Pelusa: "Tuve la suerte y el privilegio de ser uno de los invitados a su casamiento. Con Diego mantuvimos una gran amistad".

Tras siete años de estadía en Europa el "avión", tuvo la chance de volver a Argentina. "No dude en pegar la vuelta. Mis hijos ya estaban grandes y tenían que estudiar", explica el tucumano. Dos frustraciones futbolísticas llevaron a López a querer dejar el fútbol. Sin embargo, la historia tendría otro capítulo más que contar: "En Atlético Concepción me convencieron para no quedarme sin jugar y ascendimos al primer Nacional B de la historia en 1986". 


Cuando todo parecía indicar que la vida y obra del "Eterno" terminaría en la entidad bandeña, el "Santo" apareció en el camino. Ascendió con San Martín a primera división en solo cuatro meses y como frutilla del postre convirtió en la goleada a Boca en la mítica Bombonera: "Es una cosa que va a quedar siempre en la memoria. No era de todos los domingo que un equipo del interior le haga seis a Boca".   



El final de la carrera futbolistica de Lopéz fue algo impensado. Antes de colgar los botines, pasó por Atlético Tucumán, eterno rival del club de Ciudadela: "Algunas veces los hinchas me recuerdan que la única mancha negra que tengo es ponerme la camiseta del Decano". Agradecido con todos los clubes tucumanos donde jugó, Jorge guarda lo mejor de cada uno en este fútbol que le dio todo. 


Las agujas del reloj marcan las 10 y las vidrieras de López calzados lucen con sus ropas deportivas. La niñez del "Eterno" nacido en el sur de la provincia tuvo muchas idas y vueltas. Nació cerca del ingenio la Corona, pegadito a Concepción y desde chico venía a la ciudad con sus padres a visitar a sus abuelos.

Parece que fue ayer cuando López disfrutaba de su pueblo tan querido en el ingenio la Corona: cortar cañas, jugar a la bolita y el fútbol con amigos en la calle; son grandes recuerdos del win en su infancia: "La carpintería de mi abuelo fue mi lugar en el mundo en la niñez", revela el comerciante.


Jorge López escribió una página dorada en el fútbol tucumano. Un grande de todos los tiempos que en nuestra provincia supo enloquecer las tribunas de los tres clubes más importantes del Jardín de la República. El "avión", esta vez se encuentra del otro lado del mostrador, pero seguirá disfrutando del deporte más popular del país eternamente. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Un Hombre con valor y fuerza para un triunfo

La Historia de Ambrosio Abel Páez, un hombre que desde chico perdió a sus seres querido, Juan Carabajal que lo ayudo a triunfar en esta vida miserable le toco y él lo quería como un padre que no tuvo. El dolor del rechazo de su padre fue como una puñalada en su corazón.

Hace pocos meses el Delegado Comunal Ambrosio Páez perdió las elecciones con Alfredo “chichi” Maza eso fue otro duro golpe le recordó en aquel momento cuando perdió a su madre. Después que perdió las elecciones se sintió muy traicionado cuando llego esa noche a la comuna miro al cielo y dijo: “Señor porque, porque me pasa esto a mí, porque confió tanto en las personas si ellos me traicionan si tuviera a mi madre ella me hubiese dicho que la política era mala pero te la llevaste por una maldita enfermedad”. Entro en la comuna y dijo ahora si lo que me traicionaron que darán sin trabajo era tanta la bronca que tenía que después de reflexionar pidió perdón y dijo: “la política es así pero ustedes eligen yo sé lo que hice estuvo bien fue para arreglar este pueblo humilde”. La gente que estuvo ahí admiraba lo que decía y se preguntaba porque estaba diciendo algo como eso y una persona le pregunto si que le había pasado y él le contesto “mi padre me enseño aprender a ganar y a perder por eso lo único que les digo que siento decepción nada más”. 

 Así empieza la historia de un hombre que su reponerse de tanto obstáculo que le puso la vida. Un 28 de febrero 1953 nació Ambrosio Abel Paz en Wenceslao Posse donde era un barrio muy pobre que sé que armaba casas con carpas, otros con madera. Que antes era como un pueblito pequeño porque había mucho cañaveral y lo único que existía era un Ingenio de azúcar que dejo de funcionar en la década de los 90.
Perdió a su madre cuando tenía 3 años; falleció por un problema de cáncer. Para él fue muy doloroso porque no pudo disfrutarla, solamente le quedaba el padre, que lo único a que se dedicaba con el alcohol y a las mujeres pareciera que lo único que le importaba porque nunca pregunto si le faltaba algo a su propio hijo.

Ambrosio cuando cumplió 5 años su padre Carlos Paz decidió mandarlo a Corrientes donde había su abuela que estaba enferma porque sufrió mucho cuando perdió a su hija ya no comía, no salía; ella se pasaba era en la cama. La llegada de su nieto le hizo cambiar un poco su vida porque no quería que la vean sufrir por eso cuando se levantaba a la mañana hacia que donde había oscuridad hay luz, donde había dolor había felicidad solo lo hacía por verlo contento a Abel es como ella le decía.
La abuela Rosa el 10 de Julio de 1961 cuando Abel tenía 8 años. Él se sintió solo era único hijo no tenía hermanos, perdió 2 de sus seres querido y que al padre ya no le importaba nada de él pero tuvo la suerte de que un vecino que se llama Juan Carabajal se acercó a él y le dijo “ yo te doy un hogar para que duermas y un plato en la mesa pero vos tienes que trabajar para seguir estudiando”; el con una sonrisa en su rostro le contesto “Si”; en ese momento se dio cuenta si tenía que conseguir lo que él quería tenía que trabajar.

 Empezó a trabajar recogiendo basura, no le gustaba pero lo que en ese momento era lo que pudo conseguir porque nadie lo tomaba enserio por su edad. Los primeros 3 años era difícil porque extrañaba a su madre y a su abuela pero a un así siguió a delante y de a poco fue entendiendo que la vida es dura y no es fácil como dicen todo.
Juan lo acepto en su casa abriéndole las puertas, trabajaba en la policía como oficial; Ambrosio estaba viviendo con él y su esposa. Esta pareja tenía 3 hijos dos varones y una mujer y se llamaban Carlos, Hugo y Milena, donde ellos le hacían lo imposible a Ambrosio pero el aun así siguió adelante porque ya sabía que estaba solo. Cuando cumplió 12 años siguió adelante con su estudio y trabajando; después de varios años empezó a llevarse bien con sus hermanos, termino la escuela y se recibió como el mejor alumno del colegio Técnico Manuel Belgrano.

Después que se recibió Juan le ofreció estudiar para entrar a la policía y el lo acepto porque creía que era una forma para llegar lo que más quería. Con la ayuda de su padre pudo entrar a la escuela de policía pero para llegar ahí paso por pruebas físicas, en lo mental y en los estudios médicos. Después de 3 años consiguió comprar una casa donde vivía con su amada Rosana en la cual había compartido un año en un departamento. Se alojó en su nueva casa y sus padres y hermanos lo visitaban.
Un 17 de Septiembre, Ambrosio fue a la casa de su padre y vio que estaba solo sentado en el sillón y llorando por la enfermedad que tenía porque era diabético, cuando lo miro se arrodillo y bajando la frente al piso le dijo: “gracias por todo papá tú me enseñaste como puedo enfrentar la vida y eso me hizo cambiar muchas cosas y ahora mírame con mi novia en mi nueva casa contentos lo que compartimos pero lo había hecho sino fuera gracias a vos”. Juan con lágrimas en sus ojos le dijo levántate hijo no me tienes que dar las gracias a mi al contrario fuiste vos porque te levantaste en los peores momentos no cualquiera lo hubiese hecho pero tu si eso demostraste que con valor, Fe y muchísima fuerza lograras lo que lograste. Abel se levantó del llorando y lo abrazo con toda su alma y por primera vez le dijo “TE AMO PAPÁ” y él le respondió yo también hijo.

Después de 6 años volvió a Tucumán con la frente en alto con su esposa Rosana y sus hijos Matías y Melani. Cuando llego a Wenceslao Posse noto que era distinto mucha gente lo saludaba preguntándose quien era pero nadie la preguntaba cómo se llamaba. Unos pocos meses después la gente lo quería mucho porque era amable y su ayuda por la gente lo tenía muy contento.
Un amigo que se llamaba Gustavo Rojas que el conoció en su estadía en el lugar donde vivía le dijo que el si se lo propone sería un excelente Delegado Comunal y Ambrosio lo pensó y le dijo voy a intentarlo aunque no creo que gane; se postuló y gano con el 70% de los votos el hizo una campaña que hablo con el corazón y ese mensaje le llego a la gente.



Después de asumir en el 2006 realizo una buen trabajo donde le dio trabajo a lo que necesitaba y casas a lo que no tenían con ayuda del gobierno. Después de 8 años dejo su mandato en buenas manos.