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Ella,
quien le cambió la vida
Es una tarde de primavera y
lo he visto muchas veces. A la carrera le queda más de una hora para comenzar y
él llega al escenario del Open Plaza. La trae tomada de la mano con ojos de
enamorado. Ella camina con una sonrisa feliz y revolotea a su alrededor. Tiene
la mirada tierna, la alegría que le entrega una chispa especial y aun así, una
paz que a él lo vuelve loco.
Viste de rosa y lleva una
trenza en el cabello negro que le cae por la espalda. Tiene los ojos oscuros de
gitanilla y una boca sonrosada. Pilar es el primer pensamiento de Ova al
despertar, al dormirse o al llegar a la meta y esa tarde solo quiere ganar
frente a la mirada atenta del amor de su vida.
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Ova tenía 22 años, próximo a
cumplir los 23. Era un joven alborotado y rebelde. Estaba de novio hacía muchos
años, aunque su vida se basaba en salir y escaparse de la realidad que lo
abrumaba.
Su día a día era una galaxia
incomprensible, perdido en la irrealidad. Salir y volver a cualquier hora, sin
límites y una mujer con quien aguantaba todo.
Fue por eso que la noticia
lo golpeó como un balde de agua fría. Iba a ser papá. ¿Qué haría a partir de
entonces? Él mismo no lo sabía. Se abría un mundo desconocido que trazaría un
nuevo límite en su vida. La vida le había arrebatado hacía poco tiempo a una
mujer importante en su vida y ahora le ponía a otra en el camino.
Nació el 18 de noviembre del
año 2009 y le pusieron por nombre Pilar, sin saber que a partir de entonces se
convertiría justo en eso: el sostén más fuerte de su vida como el mismo nombre
lo indicaba. Era casi como un juguete nuevo y él era tan joven que no sabía qué
hacer. Pero allí estuvo para recibirla y darle la bienvenida a este mundo en
donde debería protegerla y acompañarla. Conoció el amor ese día, como él mismo
recuerda.
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Todos los días la lleva al
jardín, la llama y se ocupa de almorzar con ella los fines de semana. Ese
sábado de septiembre, la pequeña, que tiene 5 años, le ha pedido acompañarlo y él jamás podría negarse. Es el trajín que más lo hace feliz.
Los atletas corrieron 10
kilómetros y Ova es el tercero en aparecer. Pilar lo ve cruzar la meta y corre
inmediatamente a abrazarlo. A él le flaquean las piernas y respira agitado pero
la alza en sus brazos y le agradece el cariño.
“Es el amor más puro que
existe, el único que no puede morir jamás”, confiesa después de recuperarse, mientras la mira como el tesoro más valioso del universo.
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¿De
qué realmente estás hecho?
Las voces se apoltronan en
aquel café famoso de la capital, ubicado en la calle 25 de mayo. Ya han pasado
30 minutos de la hora pautada, cuando se asoma su figura tras la escalera. Lo
he visto muchísimas veces en el año, pero ese día trae algo especial en la
mirada. Está listo para contar su historia. La sonrisa se despliega en su
rostro. Saluda. El perfume inunda el ambiente a más de un metro de distancia.
Su aspecto es relajado igual que todas las veces y feliz, siempre feliz.
Osvaldo Fonio Transmite la
energía desde el primer momento. Me habla como si fuera un amigo de toda la
vida y se dispone a mostrarme entusiasmado su nuevo par de zapatillas para
correr.
“Me falta conseguir los
clavos nada más”, comenta.
Ha tenido una mañana
agitada, agitadamente estupenda, como aclara. Trabajó desde temprano para
Arcor, me explica en qué consiste aquello con mucho ímpetu y encantado de lo
que hace, aunque se vuelva loco. Se disculpa por la demora, en el trayecto se
ha encontrado con dos amigos y no pudo evitar quedarse a conversar. Está hecho
un mundo de palabras, no quiere parar en todo el día y quedó en confirmar con
un par de amigos hacer un fondo aquella misma tarde. A pesar de todo está feliz
con la pausa que el café le ofrece, y me advierte que tiene mil historias por
contar y repite muchas veces: “¿Sabés todo lo que falta?”.
Los ojos verdes destellan la
luz de la lámpara que los ilumina desde arriba, y, aunque miran fijos, realizan
un flashback en el tiempo.
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El pequeño Ova jugaba a la
pelota en el jardín de casa. Tenía once años y una vida repleta de amor de mamá
y papá, aquel Agosto del 98 en que su vida cambiaría para siempre. Era el mayor
de tres hermanos, poseía un gustito especial por el fútbol y en aquel jardín de
la casa ubicada en el barrio Sarmientos se forjaban las ilusiones de gloria.
Secundado por sus hermanos Leo, de nueve, e Ivan, de siete, corrían como
cualquier pibe detrás de una pelota caprichosa que no tenía mejor idea que
perderse en territorios ajenos.
El terreno vecino, implicaba
que aquella redonda que se iba, no volviera. El sujeto del frente, era una bestia feroz,
sin piedad ni corazón y repleto de un odio y una furia interna que lo hacía
inmune a la ternura de los niños. Era petizo y con bigotes, la imagen asemejada
a Hitler, el genocida alemán. Les rompía en pedazos el objeto del juego, tratando así de hacer
añicos una parte de su corazón. Esto sucedía una y otra vez, hasta aquel día en
que el consentidor padre se cansó. Cruzó la calle, sin saber que aquellos pasos
marcaban un límite del que no tendría retorno, y se decidió a enfrentar al
cruel vecino. Ova y sus secuaces de travesuras infantiles observaban todo, los
gritos del padre y el vecino aún más furioso. Quién sabe de qué o poseído por
qué acumulaba aquella bronca en un cuerpo anciano, pero el odio no es cosa que
se pueda comprender.
Pasaron algunos días del
episodio, un sábado 8 de Agosto del año 1998, la familia y el pequeño Ova se
dirigían a hacer compras. Al llegar a casa, la mamá le encargó al niño de once
años, el pan del mediodía. Una tarde cualquiera, una familia cualquiera, una
rutina cualquiera.
Ova volvía con el pan a casa
y lo distribuía en la mesa, cuando todos sintieron una explosión. Seguro no era
nada, a papá se le había explotado una batería semanas antes arreglando el
auto, podría ser lo mismo; para eso estaba preparado, lo que no sabía era lo
que vería a continuación…
Salieron confiados a
ayudarlo, pero papá yacía en el suelo entre un charco de sangre y una bala en
la ingle. Mamá desesperaba entre gritos de terror y buscaba en miradas al cruel
culpable del hecho. La bestia feroz se encontraba escondida tras los ligustros
de su jardín, aquellos mismos en los cuales la pelota se perdía una y otra vez.
El tipo sostenía una escopeta en sus manos, un arma casi tan fría e inanimada
como su corazón.
El escenario se congelaba,
los vecinos acudían al socorro. Y la madre cruzaba la calle para enfrentar a la
bestia del arma. El hombre frío, ciego de furia, lleno de un odio generado
quién sabe de dónde, remontaba la lucha ahora queriendo cobrarse por víctima a
la madre. Pero la multitud de gente en la calle que llegaba a ayudar le
impedían el cometido. La desesperación, la angustia e impotencia solo podían
ser las emociones protagonistas.
Gritos y más gritos oyó el
niño en aquella calle entumecida. La sirena de la ambulancia era la única
salvación y el trayecto hacia el Centro de Salud se volvía eterno. Pero tras
ocho horas de agonía, el padre se despide del mundo físico.
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En la cafetería Ova dobla la
servilleta que sostiene en sus dedos en mil pedazos, se pasa una mano por la
cabeza recordando el tormentoso momento, que marcaría el comienzo de una serie
de peripecias penosas. El café llega a la mesa y él me mira fijamente a los
ojos mientras recuerda lo que se preguntaba aquel día: “¿De qué realmente estás
hecho?”.
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La
despedida
Vivir sin el padre fue el
golpe más duro de Ova, siendo aún un niño. Con papá todo era más fácil, los
regalos, la casa y cada cosa que poseían. Mamá tenía casi 40 años y había dejado
de trabajar. Después de aquel hecho fatídico, tuvo que retomar. Era maestra y
una excelente persona.
Susana Pacheco Aguirre
comenzó un camino que la llevaría hacia la recta final. Consiguió un puesto en
una escuela, Ova recuerda la mirada triste y las energías consumidas de su
madre. Él se lo perdonó todo, se sentía sola y necesitaba contar con el apoyo
de alguien; tenía tres niños que estaban entrando en la adolescencia y ella
tenía que hacer frente a una casa y todo lo que implicaba mantenerla.
Conoció a un profesor de
educación física y se enamoró, ¿O se perdió? Al menos Ova lo recuerda así.
Aquel hombre llegó a destruir la poca paz que habían logrado. Se metió en su
casa y convirtió en un tormento sus horas de juventud.
Aquel recuerdo quedó en la
retina de sus ojos para siempre. Los golpes y el maltrato de parte de un hombre
ajeno a su vida, que jamás debería haber entrado. El sentido de sus ojos verdes
cambia al recordar las veces en que vio a Susana golpeada, aunque ella jamás le
confesó que hubiera sido por él.
“Eso la enfermó a mi vieja”,
explica Ova mientras la servilleta que sostiene termina por hacerse añicos en
sus manos. Limpia la mesa con los pedazos del papel roto y con su mano
izquierda contornea la cicatriz de su cabeza.
Tiempo después se separó,
pero el corazón roto que había dejado la muerte de su marido y el vacío que no
había podido llenar un nuevo hombre, terminaron por marcar el designio de un
duro final.
Mamá enfermó gravemente.
Cáncer, la enfermedad que perseguiría a Ova como un fantasma. Luchó acompañada
por tres hijos que debían madurar de golpe. Hasta que finalmente se despidió,
dejando al mayor de sus muchachos con una confusión que debió solucionar con
golpes pero con un legado de amor que Ova jamás olvidará.
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La
furia, una lucha contra sí mismo
En el café la luz del día
que entraba por las ventanas ha sido reemplazada por el resplandor de una luna
llena de domingo que se prepara para el eclipse. Ova Fonio la mira atento y
busca sacarle fotos para subir a las redes sociales. Comenta la base de su
vida: conseguir la energía del equilibrio entre la mente y el corazón.
Habla de la forma en que
despertó una vez, cómo la vida le cambió y le enseñó que lo importante es no
quedarse en la amargura. Relata un capítulo de los Simpsons: Homero está
furioso, se pone rojo de la ira y comienzan a salirle ganglios por todo el
cuerpo, se hincha. Eso le sucedió a él.
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Tenía 26 años y era un gran
amante del fútbol. Enérgico desde siempre no podía mantenerse alejado del
deporte. De repente las fuerzas le flaqueaban y le impedían entrenar. No tenía
ganas de ir al gimnasio y el rendimiento bajaba. Necesitaba ocupar muchas horas
de sueño porque el cansancio era extremo, esto sumado a una sudoración excesiva
y a una inexplicable pérdida de peso.
Pilar tenía tres años y la
situación con la mamá no era la más agradable. Descubrió que un par de ganglios
se habían hinchado en su cuello. Acudió al médico y lo sometieron a una leve
operación.
Una biopsia dictaminó el
crudo resultado. Era un linfoma de Hodking, un tumor que le diagnosticaba
cáncer, y ahí venían otra vez los fantasmas. ¿Acaso alguien lo había embrujado?
Era una de las preguntas que recorrían la mente del joven papá. Tantas
desventuras no podían venir hacia una sola persona.
“Yo tenía ira acumulada, eso
sucedía”, recuerda el gladiador de la vida.
Siguió entonces la carrera
más larga, un camino en el cual la meta significaba la vida, y quedarse sentado,
la muerte. Debía despertar, había algo en su interior que no andaba bien y aquello
se manifestaba en una enfermedad. Tenía una hija pequeña por la que debía
luchar.
Siguieron nueve sesiones de
quimioterapia, la extirpación de un tumor restante en el mediastino y
finalmente las últimas sesiones de radioterapia que se realizó en Tucumán, en
el Hospital Centro de Salud.
Sostiene que si alguien
quiere dejarse morir, lo hace. Él estuvo a pocos pasos de hacerlo, pero lo
sostuvo Pilar. La lucha fue consigo mismo. Algunas veces llegó al límite; tocó
fondo, como dice; aunque eso solo logró ponerlo en el camino en que se
encuentra ahora: Despierto, libre y vivo.
“cuando estás enfermo de
algo, necesitás de la contención de alguien, yo estaba solo”, exclama con los
ojos verdes muy abiertos y mirando fijos.
“Realmente creo que me salvó
mi hija”, agregaa con su mirada de padre, transmitiendo la paz y tranquilidad
que habita en su interior.
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El
loco que corre
Lo he visto muchas veces.
Está loco. No duerme por correr y cuando lo hace sueña que está corriendo.
Llueva o truene, con 40 grados o menos de dos, él se levanta y corre y cuando
se cansa sigue corriendo.
Es metrosexual, tiene 45
camisas y posee una manía por comerse las uñas hasta lastimarse, no sabe si es
por nervios o puro placer de soportar el dolor. Tiene una pequeña obsesión por
la limpieza personal y el aseo de su casa.
Se queja todos los días que
las 24 horas le parecen demasiado cortas y que si la gente fuera más pícara…
Bueno, conseguiría más cosas. Está loco, no exagero. Corre como si se le fuera
la vida en eso, se deshidrata, transpira y se cansa, solo para disfrutar del
descanso que le ofrece la merienda con amigos después de una carrera.
En la mirada tiene la chispa
de que todo lo que hace, lo hace con amor. Cree en el aura de las personas,
pero disfruta mucho de estar en soledad. Está tratando de ganarle a alguien,
ese alguien es él mismo. Prepara la ropa minuciosamente y la coloca en la silla un día antes de una maratón, y se despierta en la mañana con la ansiedad de un
niño en vísperas de navidad.
Lo he visto muchas veces y
hoy lo vi antes de la largada, cuando pide por favor que le tomemos una foto.
Lo veré llegar a la meta exhausto y levantar los brazos porque lo ha logrado
otra vez. Parece que corre para ganarle a la muerte, yo creo que lo hace por
ser campeón de la vida.
Así es, lo conozco bien. Se
llama Osvaldo Fonio y está enamorado de su hija.