Los héroes
existen. No todos ellos están solo en las historietas y la ficción. En Tucumán
justamente hay algunos de ellos. Personas de aparente normalidad, pero que
dentro llevan una grandeza casi inhumana. Yo conozco a alguien así. Un hombre
que se interesa por otros y que, aunque no tiene superpoderes, tiene un
supertalento: la música, con la que espera cambiar algunas cosas.
La primera
vez que lo vi fue en el barrio. Atravesaba nuestro querido Juan XXIII, rodeado
de músicos. Volví a verlo una y otra vez pasar por el frente de mi casa,
siempre en compañía. Hasta que un día me determiné a ser parte de ese grupo de
músicos y me acerqué a la orquesta que él dirigía, bautizada con el nombre de aquel pedacito de Tucumán que la albergaba.
Llegué a la
escuela donde el grupo se reunía y encontré aquel descontracturado rostro;
todavía no lo sabía, pero estaba a punto de conocer a un hombre especial, con
su cabellera colmada de hilos de plata, trofeo de quien ha vivido lo suficiente
como para albergar una historia, un camino recorrido donde los viajeros
encontrados marcaron una impronta especial e irremplazable.
Me saludó con
su tono calmado, a veces creo que la música le enseñó, entre otras cosas, que
la intensidad nada tiene que ver con el volumen y, así, sus palabras, hasta
aquel simple –“Hola”, llegan de una
manera especial, pero muy suave.
Nunca deja de
sonreír y en cada alegre gesto de éstos, a través de sus lentes, se pueden
observar unos ojos claros y pequeños que cada vez se vuelven más diminutos,
dándole un aire amistoso y simpático a su maduro rostro.
Durante los
años que fusioné las melodías de mi violín a las de la orquesta que dirigía
Jorge Ruíz de Huidobro, o Parque, como todos le dicen, pude observar el
inmenso amor con que guiaba a los chicos del barrio. Los mismos chicos que otros
al ver cambiaban de vereda o esquivaban la mirada, él acompañó con cariño y ellos lo acompañaron a él,
cuidándolo de los peligros que eran efectivos en el barrio, pero que estaban
dispuestos a detener para proteger a su amigo. Si, su amigo. Eso se volvió
Parque para la mayoría de los músicos que pasaron por la orquesta durante su
dirección.
Alguna vez me confesó:
- Los chicos [del barrio] me enamoraban. Yo me preparaba mucho para ir el sábado al encuentro.
Y efectivamente las siestas de cada sábado en la "Bombilla" lo esperaban con la alegría de la música latinoamericana, con la ilusión de un grupo de chicos que semana a semana descubría una pasión.
***
De a poco
comencé a admirarlo. Artística e intelectualmente no paraba de sorprenderme. No
siempre estuve de acuerdo en todo lo que decía o hacía, pero él tenía tal convicción
en la toma de sus actitudes o las posturas de sus pensamientos que simplemente me limitaba a respetar nuestras
diferencias. Muchas veces lo escuche defendiendo al barrio y su gente y me
emocionaba. Él tenía y tiene esa capacidad de ver más allá, algo que solo se
logra si se propone.
En el correr
de los años compartimos un sinfín de momentos. Cada uno de ellos empapados de
música. Yo, como algunos de mis compañeros, me guardé para mí la admiración,
mientras lo observaba y aprendía. Él nunca lo supo, pero me ayudó a ver en la
gente de la “Bombilla”, nombre por que se conoce al barrio, la belleza y el
potencial latente que irradian.
La vida nos
cruzó por primera vez mientras yo peleaba por sobrevivir a la adolescencia,
transitando el tramo final de ésta. Sin embargo, años después, nos encontró en
un bar como dos adultos, ambos distanciados de aquel espacio que nos unió, pero
aún con sentimientos por éste. Y, en esa calidad de adultos, pudimos conversar
sin limitaciones.
Me animé a
averiguar sobre sus experiencias en el barrio, mientras aún dirigía la
orquesta, y entonces lo supe.
-Para mí fue
una etapa de crecimiento muy grande –comenzó-, por muchas razones, pero una de
las principales es que yo vengo de otro ámbito. A mí nunca me faltó, bueno – se
apuró a corregir- exceptuando una vez cuando éramos chicos que mi papá se quedó
sin trabajo y no hubo para comer en casa un día y todavía lo recuerdo, fue tan
fuerte que todavía lo recuerdo, que queríamos comer y mi mamá nos repartió una
batata a cada uno. Pero eso fue extraordinario. Ese recuerdo y saber que hay
chicos en el barrio que tenían muchas veces
la complejidad de no poder comer, te hacen hacer una proyección: a mí me
tocó un día y hay gente que pasan muchos años de su vida sin poder alimentarse
bien. Y entonces es como conocer otro mundo distinto al que yo habito. Ese solo
hecho de poder ver otra realidad te abre la cabeza – me confesó-.
Tomé aquello
como el motor del compromiso con que siempre lo vi trabajar. Esto, sumado a
aquella incansable búsqueda del bien común, me permitieron dimensionar la
grandeza de su espíritu. Comencé a ver en él a un héroe. Uno que no pretendía
cambiar aquel mundo descubierto, sino simplemente fortalecerlo para que dejara
de sobrevivir y pudiera vivir plenamente ejerciendo derechos.
Y lo observé.
Y continué escuchándolo. Quería descifrar a aquel héroe que comenzaba a
descubrir.
Nuestra
conversación se extendía y fue cuando,
ante una de mis preguntas, el habló y entendí.
_ Yo no
entiendo la música y el arte despegados del contexto social – me dijo con su
voz grave-.El círculo virtuoso del arte cierra cuando se comparte.
Entonces comprendí que esa era su arma. La música es sin dudas la herramienta con que
busca ayudar a quien esté dispuesto a recibir ayuda. El talento artístico fue
siempre un medio efectivo para llegar al corazón de la gente, conmoverlos y
ayudarles a entender y ver más allá.
Tiempo
después de aquella reunión, un talentoso murguero, un chico del barrio, me dijo una vez:
-Para mi
Parque es como mi padre de la música. Fue quien me ayudó, me aconsejó y me
enseñó muchas cosas para que yo pueda desenvolverme en la música. Gracias a él
descubrí que era lo mío; y por eso le estaré siempre agradecido.
Así
pude reforzar lo que ya sabía: el poder de la música es real y habita en todas
y cada una de las personas. Algo que aprendí de ese héroe de lentes y pelo
cano.
Sé
que a todos engaña con su apariencia normal y su personalidad tan
descontracturada. Es para todos tal vez un flautista más; otro padre de una
familia tipo, con sus dos hijos y su esposa, “Normita”, que, siento la
necesidad de resaltar, es un ser amable, bondadoso y transparente que, con su
mirada amorosa, hace bien al alma cada vez que sus ojos te abrazan en una
suerte de caricia desinteresada; puede ser otro profesor de música; un director
más de una carrera terciaria; otro colaborador de organizaciones sociales como Música Esperanza. Y,
aunque todo aquello lo es, hoy sé que él tampoco lo sabe, pero es un héroe.
Defendiendo con su palabra a aquellos que carecen de las herramientas para defenderse, poniendo sus talentos y conocimientos en pos de servir a los demás. Teniendo la sensibilidad para no juzgar y brindar oportunidad a cada ser de demostrar su valor. Así comencé a percibir en él algo diferente. Su lucha es contra la discriminación, el flagelo social, los estigmas y prejuicios.
Como
cada héroe deberá tener defectos y debilidades. Pero por muchos, en el barrio
Juan XXIII, será recordado por sus esfuerzos en buscar el bien común. Serán sus
ojos alegres y bondadosos los que se aferrarán en la retina de sus alumnos. Su
sentido del humor inalterable no permitirá que envejezca jamás, porque el
espíritu es lo que define a las personas y el suyo se mantiene joven.
Algunos lo recordarán como un amigo, un maestro o un padre artístico. Yo elijo entender que es todo aquello, pero con un ingrediente que siempre lo hará un héroe: su incansable búsqueda del bienestar común. Cualquier excusa siempre va a ser buena para coincidir en un bar con mi querido profe Parque; pero espero la vida me de las fuerzas y convicciones para alinear mis pasos a los de él.

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