Pocas
veces una pasión moviliza tanto a una persona como para volverla su vida y de
eso convertirse en ejemplo de superación personal, profesional y artística.
Adrián Llovera es una de esas
personas que ha alcanzado y sigue alcanzando metas, rompiendo barreras y todo
gracias a la música.
Dos
hermanos caminan a paso acelerado, solo faltan 10 minutos para que arranque la ceremonia
y la iglesia espera a las voces masculinas del coro. En ese lugar sagrado para él,
Adrián descubriría a su primer gran
amor, el canto. Pero al llegar al lugar sucede lo de todos los domingos, Daniel es el elegido para ser solista.
Ya desde sus comienzos se le presentaba el primer obstáculo, cantar bajo la
sombra de su hermano menor. Lejos de frustrarse, utilizó este impedimento para
sentir más ganas de practicar y mejorar.
Así
fue como siguió cantando hasta lograr entrar a otro coro que lo cobijó como el
único solista varón.
Los
caminos entre sus creencias religiosas y la música siguieron entrelazándose en
todo lo que hacía y lo sigue haciendo hasta hoy.
Simplemente
lo que se propuso lo hizo, sin más. Al terminar la facultad y ya convertido en
arquitecto, siguió explotando su lado artístico. Él quería actuar y ¿quién le
iba a decir que no? Le llevo mucho tiempo y esfuerzo pero con la ayuda de su
gran amigo Arturo Gomez López que conocía
desde sus épocas de coro, lograron crear el musical “La historia del milagro” y así concretar un sueño más.
Por
esa época fue que emprendió el viaje de escribir sus propias canciones y descubrió
así un nuevo mundo dentro de su género predilecto, el Rock.
Una
anécdota de las vicisitudes que tuvo que enfrentar nos remonta a un momento
clave de su vida artística y que le dejo grandes enseñanzas.
Era
un lunes a la tarde de hace más o menos 20 años atrás y estaba en casa
revisando unos planos que cubrían prácticamente toda la mesa. Entre la duda de
colocar una ventana ancha o una alta sonó el teléfono, Adrián esperaba la
llamada de su madre para que fuera a buscarla, pero del otro lado había alguien
completamente distinto y con una voz bastante más grave. Era el productor
musical de la banda Rata Blanca que había
escuchado a al joven cantante tucumano en un recital de “Arte Joven” celebrado en la provincia de Buenos Aires, mas precisamente
en Palermo donde había ido a tocar con todo su grupo.
Le
dijo que había notado su gran capacidad para llegar a notas muy altas y la
potencia de su voz era lo que ellos estaban buscando en ese momento. La noticia
lo dejo perplejo ya que empezó a sentir que la decisión no sería fácil de
ninguna manera, debería dejar todo para perseguir un destino que podría haber
sido completamente distinto.
Las
cosas fueron complicadas durante ese proceso, por el tema de las distancias y
los tiempos llego a la encrucijada en la que debía decidir. Su familia, con su
mujer y su primer hijo pequeño Isaac era lo que más inclinaba la balanza a la
hora de quedarse. De esta manera tuvo que escoger lo que para él era lo más importante
y decidió quedarse sabiendo que la música no lo dejaría sin importar donde
estuviera.
En
ningún momento se arrepiente de las decisiones que ha tomado, de hecho piensa
que todo lo que le sucede es por algo y que “Dios
actúa de maneras misteriosas”. Y sino como explicar el segundo suceso que
lo marco para siempre.
El
sol calentaba la capital tucumana de una manera tan sofocante como solo puede
hacerlo al mediodía. Adrián y su esposa Ana María iban a hacer trámites en el
centro. Hacia una semana ya que él no se sentía del todo bien, la comida le caía
terriblemente. Fue entonces que mientras caminaban con las boletas en las
manos, pequeños dolores punzantes en el estómago hicieron sentir a aquel
hombre como indefenso y con falta de aire. La respiración era rápida pero
constante, como si suspirara varias veces seguidas. Los ojos de su mujer transmitían
preocupación y desesperación al no saber qué hacer, “¿querés que te lleve al médico?”
le dijo, mientras paraba un taxi y lo subía con una mezcla de prisa y cuidado. “No! Llévame al instituto de la Mitre y
Santa Fe”, hasta el día de hoy no sabe cómo se le pudo ocurrir tomar esa decisión,
ya había asistido a ese instituto cardiológico un mes antes del episodio pero
por un problema sin mayores relevancias o complicaciones.
Al
llegar ahí le hicieron unos estudios y lo dejaron en revisión, si todo anduviese
bien, lo darían de alta. Pero alrededor de las diez de la noche llegaría la
peor sensación de su vida, sintió como sus fuerzas dejaban su cuerpo de una
manera muy veloz y a su vez un gran peso sobre su pecho como si fueran
toneladas, lo comprimieron hasta el desmayo. Cerró los ojos y los médicos acudieron
a la alarma, hubo una gran revolución y lo intervinieron de inmediato para
colocarle los 5 stent que le darían la posibilidad de sobrevivir.
Suerte,
ayuda divina, llámenlo como quieran, pero estoy seguro que a pocos les ha dado
un infarto dentro del lugar donde podían salvarlo. Ese 26 de Octubre de 2013, Adrián
volvió a nacer. Aunque debería cuidarse y la lógica falta de aire lo relegarían
de volver a cantar.
Esto
no fue así, tomo una vez más esa traba en su vida como un trampolín para tener muchísimas
ganas de vivir por él, por su mujer y sus dos hijos Isaac y Franco.
Estaba
feliz aunque tuvo que aprender a canta otra vez, seguía aquí y quería empezar a
explotar todas las ganas de hacer cosas que no había podido antes, como pintar.
Encontró
de esta manera una nueva forma de expresarse, empezó copiando obras del uno de
sus artistas favoritos, Vincent Van Gogh
hasta que logró dominar la técnica del posimpresionismo y liberó su imaginación
para crear varias obras propias.
De
todos los problemas salió con una sonrisa, con mucha música y buen humor. Pudo describir
su peor momento de salud con una canción: “Un
elefante”, donde compara esa sensación como si un elefante se te hubiese
parado encima.
Por
ser así, con esta personalidad es un personaje muy entrañable y querido dentro
de la cultura musical tucumana y el ejemplo para muchísimos artistas locales
que aprecian su trabajo.

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